Como suele ser habitual en Cataluña desde hace muchos meses, nadie mejor que Inés Arrimadas acertó a describir la situación planteada por el trágala escandaloso al que ayer sometió el nacionalismo al parlamento regional: «Turull es un candidato para que haya más follón, más lío», resumió, con su claridad habitual, la portavoz de Ciutadans. ¡Exactamente! Y yo aun diría más, como los gemelos Hernández y Fernández de las aventuras de Tintín: «Turull es un candidato para que haya más lío, más follón».
Ciertamente, la intención de los dos partidos nacionalistas que ayer, a matacaballo, tras tres meses de auténtico esperpento, donde el secesionismo ha hecho de todo, salvo algo bueno y razonable, decidieron sumar sus fuerzas para, tratando de burlar la legítima acción de la Justicia, elegir con sacacorchos a un presidente de la Generalitat, no es salir del atolladero en que su monumental frivolidad, sectarismo e irresponsabilidad han metido a Cataluña, sino seguir hundiéndola en el fango de esa chifladura denominada «república catalana independiente».
Unos políticos mínimamente sensatos, conscientes de la trascendencia de sus acciones para el mejor futuro de un país de siete millones y medio de habitantes, hace mucho que habrían reconocido su derrota y sus mentiras y aceptado que la batalla que, a lomos de la violación de la ley y de los más elementales principios democráticos, pretenden ganarle al Estado constitucional a costa de la tranquilidad de un país entero es un delirio de grandeza convertido en una manifestación enloquecida de pueblerinismo enano y cutre.
Lejos de ello, y mostrando un desprecio hacia el bienestar de los catalanes que resulta de todo punto incompatible con su cacareado amor a Cataluña, los secesionistas siguen en sus trece. No se trata de elegir a un presidente que pueda gobernar, que es para lo que se eligen presidentes en todos los países democráticos del mundo. Nada de eso. El objetivo es tan diferente como absolutamente claro: mantener en pie la rebelión independentista aunque para ello haya que seguir profundizando la terrible brecha social entre catalanes nacionalistas y no nacionalistas, desangrando económicamente a Cataluña (¡31.400! millones de euros de fugas de depósitos en el último trimestre del 2017 y más de 3.000 empresas que han traslado su sede a otros puntos del país) y haciendo que una comunidad admirada en España y fuera de ella se haya convertido en un mal chiste.
Ni los catalanes no nacionalistas ni el resto de españoles nos merecemos la insensata ligereza de estos fanáticos disfrazados de defensores de la patria, que son ya, abiertamente, los enterradores del prestigio que Cataluña había conseguido acumular con décadas de esfuerzo. Como dijo el conde de Romanones con ocasión de un desengaño de gravedad incomparable: «¡Qué tropa, joder, qué tropa!». La que estamos sufriendo en Cataluña es, con mucha diferencia, la peor que ha dado nuestra democracia.