Niños y niñas


Lo confesó cuando cumplió años suficientes para dejar en el camino la mayor parte de las alforjas del disimulo. En su juventud, cada vez que se quedaba embarazada cruzaba los dedos para tener un niño y no una niña. No porque creyera que así iba a aportar algo más valioso a la humanidad. Era egoísmo. Pensaba que ellos tendrían más libertad que ellas, que estarían mejor colocados en la línea de salida de la vida. Le dolía imaginar cómo la sociedad les cortaría las alas a sus hijas. Contestaba con un silencio cuando le decían que le vendrían bien para ayudarle a cocinar y a limpiar. Reconocía que, si fuera madre hoy, no hubiera deseado lo mismo. Y avisaba del peligro de dormirse, de conformarse. Ella misma vivió con naturalidad situaciones que más tarde le hubieran parecido intolerables. Otros tiempos. En estos está el adolescente que recomienda de buena fe a una chiquilla que no juegue al fútbol en su nuevo colegio, porque el patio es de los chicos. Pero también está ese señor que insiste hasta el día de su muerte: «Juega a lo que quieras, estudia lo que quieras». No pertenece al siglo XIX el profesor universitario que es generoso con sus alumnos y avaro con sus alumnas. Había uno que en la revisión de exámenes despedía a los chicos con una palmadita en la espalda y un punto y medio salvador. Las chicas eran afortunadas si conservaban la misma nota. Al menos, muchos de sus compañeros se escandalizaban tanto como ellas. De estos días son los tuits que dicen que las que se quejan deberían irse a Arabia Saudí. Y el «demonio» del feminismo. Pequeños detalles. Al parecer, no hay brecha salarial, la conciliación es maravillosa, el acoso no existe y reina la igualdad de oportunidades. Feminazi la que lo niegue. Planchabragas el que lo desmienta. Como para dormirse.

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