Llovía. A ratos. Calor, lo que se dice calor, no hacía. Pero dio igual. Daba igual lo que ocurriese fuera. Porque al otro lado de las puertas verdes se había generado una corriente eléctrica. Una conexión que iba pasando de mano en mano. Casi se podían ver los chispazos. En cada sonrisa. En cada gesto de asentimiento. En cada carcajada y en cada mirada cómplice entre mujeres que quizá ni siquiera se conocían. Pero lo entendían. Porque ellas también.
Llovía a ratos. Pero de puertas hacia adentro se había hecho la luz. Una enormísima luminaria. Se había ido construyendo una línea de alta tensión entre todas. Y esa conexión, la red eléctrica a la que se habían enchufado, en realidad hace mucho que tiene un nombre. Sororidad. Entenderse, apoyarse. Pedir consejo. Dar ayuda. Ahorrarse 200 euros en psicólogos cada mes porque por fin hay un teatro entero que entiende lo que te pasa. Lo que piensas. Y por qué lo piensas. Mujeres de todas las edades hablando de que sí, somos periodistas. Somos comunicadoras. Nos hemos formado una opinión. Tenemos una voz. Oh sí, créanlo. Tenemos una voz. Y tenemos derecho a alzarla. Y no. Aunque algunos se empeñen en tener miedo, no somos peligrosas. Pero la conexión, la red, la línea de alta tensión, ha empezado a funcionar. Y habrá más chispazos. Seguro. Porque algo ha cambiado. Y se resume en una frase. Esta vez sí. Desta vai.