Erdogan y Amine

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Ella congela un saludo militar. Pero no puede reprimir las lágrimas. La realización ha encontrado su mina particular en ese gesto aliñado con sollozos. Él la invita a subir al escenario entre el griterío del público. Cuando ya está arriba, la besa dos veces. Su mano sobre su hombro. La mantiene cerca. Con orgullo, acaricia su barbilla con la mano. Primero le recuerda que «los boinas marrones no lloran». Después dice, para que nadie se confunda: «Su bandera turca está en su bolsillo. Si se convierte en una mártir, si Dios quiere, será envuelta con ella. Ella está lista para todo, ¿verdad?». No es el ministro de Defensa hablándole a una veterana o aleccionando a una joven soldado. Él es Erdogan, presidente de Turquía. Ella, Amine, una niña de seis años. Propaganda para que no decaiga el ánimo de los turcos en Siria. Mientras, los sirios siguen sacando bebés de debajo de los escombros, desenterrándolos con sus manos. Esos niños y Amine están fuera de lugar, son pececillos boqueando en la arena mientras los mayores juegan a pescar con redes tupidas que no distinguen entre tiburones y delfines. ¿Qué se puede esperar cuando un Estado prefiere que las escuelas enseñen a morir por la patria en lugar de vivir por los demás? Porque ese ha sido el camino que ha seguido Turquía en los últimos tiempos. Y la semilla prende en ciertos países de la UE. Ardor guerrero en las aulas. Más ombligo y menos ojos. Digerir lo fácil, sortear lo complejo. Sentirse los elegidos. ¿Colegios? Más bien granjas en los que criar corderos. Millones de pequeños están cada vez más lejos de Darwin. Tiene razón Amine. Es para llorar.

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