Es imposible decir más con menos. Sin saberlo (o teniéndolo muy claro) iba contando España, viñeta a viñeta. De tal manera que pones todas juntas y tienes un monumental tríptico de El Bosco, en plan Forges. Lo bueno de Forges es que es un artista que viene de antes, del siglo XIX, que eclosiona en el siglo XX y que alcanza el siglo XXI. Pero que ya estaba apuntado en los grafitis prehistóricos de Altamira y a la vez entiende como pocos los dibujos prehistóricos del futuro que hizo anteayer Keith Haring. Estamos ante un señor de una altura intelectual, de pívot gigante. Su padre le dijo que si se dedicaba al dibujo tenía que ser el más original. «Tenían que reconocer mis dibujos desde lejos». Y así optó por el bocadillo grueso y el trazo claro. Pero lo que no sabía Forges es que su dibujo no es más que otra de sus genialidades. Porque hubiese triunfado igual, gracias al filtro del humor auténtico, que no es otro que la inteligencia. Pensaba antes de retratar a un gremio o una situación. Y, al pensar antes, conseguía una esencia maravillosa que durará siempre. Lograba no faltar a nadie y que el retratado fuese el primero que buscaba abrazar al autor por haberle dejado en ridículo con tanta clase. Ese es el mérito mayor de Forges. Jamás insultaba. Jamás fue basto con nadie. Y criticó a casi todos. Las hacía polvo, pero sin que se notasen las cosquillas. Era el genio del sentido común. Y resulta que escucharle en la radio daba la misma paz y buen rollo que recortar una de sus viñetas para guardarla para siempre. O pegarla en la nevera con un imán y dejar que amarillee a la vista de tus hijos que no entienden nada, pero que a Forges sí lo comprenden. Es el creador más de todos los públicos de la historia. El camino hacia A Fonsagrada, desde Lugo, se hace por la carretera más erótica de Galicia. Llamada así, por la cantidad de curvas. Así la podía haber llamado Forges y así la podía haber pintado en uno de sus viñetas imperecederas. Y es que en ese humor que mezclaba tan bien Forges había mucho de sangre gallega, la de su padre. La retranca está siempre en sus atajos de humor. La barra brava de las redes sociales que no busque en Forges veneno de esa calaña. Lo suyo es la clase, con clase. Así es que no ha muerto. Aunque nos parezca «incrédibol», por decirlo con una de esas palabras que él inventó, Forges ha resucitado. Y resucitará cada vez que alguien lea algo así: «¿Te vienes a bajar la basura?». «No». «Vale, pero luego no digas que no salimos».