Fariña para una empanada


Con la Fariña de Nacho Carretero este país lleva una semana haciéndose una empanada mental, más sabrosa que la de zamburiñas, y que revela lo importante que son determinados asuntos para nuestra supervivencia. Las mentes privilegiadas que nos rodean han visto en el secuestro de Fariña un retroceso en las libertades, una vuelta al ayer, un ataque a la libertad de expresión y un aviso a navegantes para que no sigan por ese camino. Nada de eso. Todo es mucho más simple.

Hay que reconocer que este país tiene un pésimo concepto de sí mismo y, afanado en buscar acusaciones, no reparó en que es imposible que en pleno siglo XXI y en una democracia tan avanzada y asentada como la nuestra y donde la Justicia camina independientemente de cualquier otro poder, pueda existir un magistrado que secuestre un libro tres años después de su aparición. Y tan entusiasmados estábamos repartiendo calificativos que no reparamos en que lo que aconteció es bien distinto.

Lo que ocurrió fue que a la magistrada Alejandra Pontana, quédense con este nombre que apunta maneras, leyó Fariña y quedó tan entusiasmada que quiso contribuir a difundirla a los cuatro vientos. Y, después de recomendárselo a familiares, amigos, vecinos y conocidos buscó ir más allá y se le ocurrió lo del secuestro. Que, hay que reconocer, es una idea magistral para popularizar cualquier libro. Y ahí tienen el éxito de ventas de Fariña que debe de estar haciendo feliz al autor.

Nunca Nacho Carretero y Libros del KO van a poder agradecer a su señoría la labor realizada. Páginas y páginas de periódicos, horas de radio y televisión ha logrado la jueza Pontana con su atinada decisión. Bien es verdad que le resultó costosa en críticas porque aún queda en este país quien cree que la justicia está tan anticuada como para secuestrar libros como hacía cuando la dirigía aquel señor bajito de El Ferrol. Y aún quien cree que existen magistrados que están incapacitados para ejercer en una democracia porque desconocen lo que es la libertad de expresión.

No es el caso de su señoría Pontana. Ella solo quiso ayudar al éxito de la obra; por eso lo que Nacho Carretero y su editor deberían de hacer es invitarla a cenar como agradecimiento. O como mínimo, enviarle un ramo de rosas rojas y una tarjeta recordándole aquella frase del Talmud que dice «¡Ay de la generación cuyos jueces merecen ser juzgados!».

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