Galicia se mantiene pobre de espíritu


Hace veinte años, en una rueda de prensa memorable, el conselleiro Orza proclamó, con alharacas de triunfo, que, mientras algunas comunidades como Aragón y Cantabria iban a perder la condición de regiones tipo 1 para los fondos europeos, Galicia tenía garantizado ese privilegio para muchos años más, y que iba a seguir recibiendo la preciada limosna que a otros -¡pobrecitos!- se les iba a negar. ¡Vaya éxito! ¡Era el mundo al revés! Porque, mientras Aragón y Cantabria abandonaban la lista de regiones menos desarrolladas -¡qué lástima!-, los gestores de Galicia habían logrado demostrar que nosotros seguíamos siendo pobres. Yo, como es obvio, escribí un artículo muy duro contra aquella tropelía, ejemplo temprano de posverdad. Pero Fraga aún obtuvo otras dos mayorías absolutas.

Estos días está de vuelta, con importantes matices, el espíritu de Orza, y, ante la posibilidad de que Galicia se quede sin fondos de cohesión, muchos políticos y economistas vuelven a suspirar por aquellas épocas en las que éramos pobres, y no ha faltado quien -para demostrar que este país no tiene remedio- vino a recordar que Portugal -el nuevo mito del extranjero feliz- ha logrado mantener las remesas de Bruselas. ¡Qué listiños son ellos -¡viva Orza!-, y qué desastre nosotros!

Mi abuelo, Henrique Barreiro Quintillán, decía que a eso se refería Cristo en la séptima bienaventuranza, cuando proclamaba la excelencia moral de los «pobres de espíritu», aquellos que, con independencia de ser pobres, ricos u opulentos, tienen la virtud de la pobreza y viven como tales, y sienten el peso de la culpa cuando un buen año les llena de pan todos los claros del hórreo. Mi abuelo era cantero, y, aunque de niño había sido sacristán, y sabía de memoria el Prefacio ordinario, no sabía teología, por lo que describía muy mal la pobreza cristiana. Aunque había clavado, creo yo, la pobreza mental de ciertos laicos gallegos.

Por eso me parece oportuno recordar que el PIB per cápita de Portugal es de 17.900 euros; el de Galicia 21.350 euros, y el de España 24.100 euros, y que es posible que ahí esté el gran fracaso inverso de la política gallega. También nos puede ayudar algo -para que no nos abrume el colosal éxito de nuestros vecinos- que el PIB de Portugal (10,5 millones de habitantes) es de 185.180 millones de euros, muy lejos del de la provincia de Madrid, que, con 6,3 millones de habitantes, genera un PIB de 220.925 millones de euros.

Y muy lejos, en términos comparativos, de Galicia, que, con solo 2.700.000 habitantes, de los que la mitad somos viejos, genera un PIB de 57.867 millones de euros. Europa lo sabe, y quiere felicitarnos borrándonos de la lista de los pobres.

Pero los «pobres de espíritu» que viven por aquí ya tienen en su lista de agravios un nuevo desastre comparativo: ¡Portugal seguirá cobrando, y Galicia no! ¡Qué éxito lusitano! Se ve que tienen una gran diplomacia y hablan mejor el inglés. Portugal mantiene las remesas de Bruselas: ¡Qué «listiños» son!

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