La soledad


Mal vamos si consideramos que la soledad es un problema que tiene que resolver el Estado. Porque ni lo puede resolver, ni está para esos menesteres. Empezando por esto último: yo no quiero un Estado omnipresente, que llegue hasta el último rincón de la vida social de las personas. Algunos intentos ha habido ya y todos sabemos cómo han resultado. Sociedad y Estado no se confunden ni deben cofundirse, el segundo no es más que un instrumento al servicio de aquella.

La soledad es un problema a la vez social y personal. Son nuestras decisiones las que muchas veces nos abocan a estar solos. Sobran ejemplos. Pero es que, además, estamos conformando sociedades fuertemente individualistas, en donde los lazos de reciprocidad que unían tradicionalmente a las personas se están debilitando -si es que no lo han hecho ya- hasta grados insospechados. Me refiero a los lazos familiares, a los de vecindad, a los de amistad… hoy no sabemos ni el nombre del vecino de la puerta de al lado, hoy muchos hijos consideran que no le deben nada a sus padres, hoy solo queremos amigos de juerga y chachachá. Y los actos tienen consecuencias, aunque nos empecinemos en pensar lo contrario y que para eso ya está el Estado, para resolver nuestros desaguisados. Por eso me parece tan ridícula la decisión de Teresa May y tan acertada la del franciscano Enrique Lista, porque lo que debemos hacer es fortalecer los espacios de convivencia, y eso solo lo pueden hacer los ciudadanos.

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