Buenos, malos y ley D'Hondt


Los vientos de cambio siempre encuentran eco y amplificador en las redes sociales. Arreglar el mundo en un tuit o en un comentario de Facebook es más fácil que hacerlo en la barra del bar. Allí no suele haber sabios camareros que pasen por el malvado filtro de la realidad anhelos, fórmulas milagrosas y soluciones mágicas. Y es frecuente que triunfen etiquetas como reforma electoral: ese cuento de buenos y malos que nos han querido contar en los últimos días las dos patas más jóvenes de ese cuatripartidismo imperfecto que impera en el panorama político estatal, Ciudadanos y Podemos.

El sistema electoral es complejo. Y fue diseñado para favorecer la formación de gobiernos y así dar estabilidad a la joven democracia del 78. Los problemas que padecen los de Rivera y los de Iglesias con él no son nuevos, ya los sufrieron en su día el CDS de Suárez y la IU de Anguita, Llamazares y Garzón. Pero la culpa no es de la fórmula D’Hondt, sino de su combinación con circunscripciones de escaso tamaño. Ahí reside la clave de la desproporcionalidad entre votos y escaños. Es un melón imposible de cortar sin los partidos tradicionales. Y en el que cualquier cambio puede tener efectos indeseados, como evaporar la representación del rural o abrir más la puerta al populismo. Y eso son palabras mayores.

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