¿Qué tienen en común una niña yazidí del norte de Irak, una cristiana de Chibok en Nigeria, una sudsudanesa de Yuba, una de Ciudad Juárez, una de Nueva Deli, la pequeña pakistaní Zainab o la afgana Brishna? Todas ellas han sido víctimas de violaciones. Algunas, como parte de la típica estrategia de guerra, de limpieza étnica o, simplemente, por la superioridad que sienten algunos tipejos. Todas han visto su infancia cercenada y su vida marcada. Según la ONU, un 35 % de las mujeres de todo el mundo, y fíjense bien en el dato, más de un tercio de todas las mujeres, han sufrido algún tipo de agresión física o sexual a lo largo de su vida pero, en algunos países, se estima que esa cifra alcanza el 70 %. El 71 % de las víctimas de la trata de seres humanos son mujeres y niñas y tres de cada cuatro de ellas serán utilizadas para la prostitución o esclavitud sexual.
En estos días en los que triunfa el mensaje de Me too (yo también) por el que mujeres estadounidenses han denunciado el acoso y violencia sexual sufrida, cuando se crítica como nunca el uso de la mujer y su cuerpo como reclamo comercial, cuando no paramos de denunciar la discriminación salarial y el techo de cristal, cuando un día sí y otro también nos asaltan las noticias sobre mujeres víctimas a manos de sus parejas o exparejas, las preguntas que deberían de quemarnos en los labios son: ¿Por qué? ¿Hasta cuándo? ¿Por qué yo no puedo caminar tranquila por la noche? ¿Por qué una chica debe de tener cuidado con lo que bebe en un local para evitar ser víctima de una droga que le impida defenderse? ¿Por qué debemos de vigilar a nuestras niñas en el parque? ¿Por qué cada minuto una niña es violada en un conflicto bélico o campamento de refugiados?