No echéis a nadie de la Constitución


Uno de los indicadores políticos más inquietantes de la actualidad española es la división en bloques políticos. Siempre hubo dos Españas. Alguna vez se enfrentaron en cruentos conflictos. Ahora no existe ese peligro, pero sí otro que oscurece la estabilidad futura: por diversos factores -la aparición de Podemos, la crisis de Cataluña, el relevo generacional, la pérdida de memoria-, el lenguaje vuelve a partir en dos la política española. A un lado, las fuerzas constitucionalistas, perfectamente identificadas: Partido Popular, Partido Socialista, Ciudadanos y otras fuerzas menores. Al otro, los demás: Podemos, las Mareas, Izquierda Unida, el PNV, el BNG, el PDECat, Compromís, Bildu, Esquerra Republicana de Catalunya...

Esa línea divisoria se fue trazando y creciendo silenciosamente y ahora forma parte del discurso habitual. Todos, incluido el presidente del Gobierno, hablamos de «los constitucionalistas» para simplificar. Los no constitucionalistas se encuentran cómodos al verse excluidos porque ellos son la nueva reclamación de la ruptura, con una diferencia con la propugnada en la Transición: entonces se trataba de romper con una dictadura y sus restos. Ahora se trata de romper con un antecedente democrático y con una cultura de consenso que identifican con un apaño de amiguetes herederos del franquismo y/o de oportunistas acobardados por el miedo al espadón.

Los efectos de esa simplificación todavía no son perceptibles en la opinión pública, pero ya son demoledores en Cataluña y perversos para el futuro del conjunto del país. Cuando el señor Rajoy, por ejemplo, pide la colaboración de las fuerzas constitucionalistas, con ese nombre ¿se da cuenta de lo que hace? Está dejando fuera del marco constitucional a siete millones de votantes y en Cataluña a más de la mitad de la población. Todavía no son suficientes para cambiar nada sustancial porque PP, PSOE y Ciudadanos suman casi 17 millones y una apabullante mayoría parlamentaria, pero nada impide un vuelco electoral. Y cuando el señor Iglesias agrava esa división llamando «bloque monárquico» a los constitucionalistas, ¿se da cuenta también de lo que hace? Está excluyéndose de los cimientos de la España constitucional y está ensombreciendo una garantía de estabilidad.

Señores de un bando y de otro: o la Constitución ampara a todos o no es Constitución. Dicho de otra forma: o todos nos sentimos amparados por la misma Constitución -que es reformable, recordemos-, o estamos condenados a vivir en la incertidumbre. Comprendo que la unanimidad es imposible. La libertad también consiste en propugnar otro sistema político. Pero que al menos el Gobierno no deje a nadie fuera y no fomente verbalmente la división.

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