Puigdemont ha perdido la chaveta


Ocurre desde hace tiempo en Cataluña que los árboles no dejan a mucha gente ver el bosque o, por decirlo con la precisión que requiere el intento desesperado de mantener en pie un secesionismo de opereta, que las payasadas del iluminado Puigdemont y los chalados que lo acompañan impiden a muchos ver el circo.

Bastó con que en su primer discurso, tras haber sido elegido para el cargo, el nuevo presidente de la cámara autonómica, Roger Torrent, dijese que el Parlamento debía ser de todos y que él velaría por la pluralidad y la convivencia, para que los representantes del PP y el PSC alabasen unas palabras que, según ellos, marcaban el inicio de una nueva etapa en Cataluña.

¡A ese extremo hemos llegado! A valorar como un gran mérito que el presidente de una institución plural que representa a todos los catalanes afirme que representa a todos los catalanes y proclame que defenderá la pluralidad del Parlamento. Es, para el caso, como si consideráramos un gran médico al que hace público propósito de no darle matarile a sus pacientes o un gran farmacéutico al que no administra matarratas a los clientes que piden antisépticos.

Han bastado, sin embargo, cuatro días, para que el tal Roger Torrent, que iba a abrir una nueva etapa en Cataluña, se haya descubierto como lo que es en realidad: un peón de brega del independentismo. Al proponer a Puigdemont para candidato a presidente confirma Torrent los peores presagios, los que ya por cierto, en contraste con la increíble ingenuidad de PSC y PP, había adelantado Inés Arrimadas, que con toda seguridad barrió en las elecciones por su capacidad para ver el circo que el secesionismo intenta esconder tras sus inenarrables payasadas.

La que nos espera es de antología: un huido de la justicia, que en su desvergonzado desvarío se proclama exiliado de un régimen político que él y los suyos consideran ¡neofranquista! y afirma que la única forma de evitar que se le fuerce a ser el primer presidente telemático de la historia de la humanidad es que el poder judicial que lo ha imputado por gravísimos delitos le garantice la impunidad si vuelve a España. Eso, la impunidad, exige un Carles Puigdemont que, instalado ya en un frenético delirio, es incapaz de distinguir la forma de funcionamiento de un Estado democrático de la de una república bananera como la que quieren instalar en Cataluña.

Y la verdad es que ya está bien: ya esta bien, sí, de que cuatro gatos tengan desde hace años en jaque a toda España, de que el primer tema político de una de las grandes democracias europeas consista en aceptar las enloquecidas baladronadas de un prófugo que exige al Estado elegir entre una presidencia impune o una presidencia telemática; y de aguantar los constantes insultos que dirigen al Estado democrático, que con gran esfuerzo hemos construido, una caterva de facinerosos que lo único que buscan a fin de cuentas es librarse de ir a la cárcel por los gravísimos delitos que hoy se les imputan.

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