El primer conflicto de la posguerra


A veces, la posguerra comienza incluso antes de que haya terminado la guerra. Es así como hay que ver lo que está sucediendo estos días en Afrin, un enclave kurdo del norte de Siria fronterizo con Turquía. El ejército turco lleva más de una semana bombardeándolo a diario desde su territorio, y ayer había señales que indicaban que esta preparación artillera estaba llegando a su fin y que una invasión era inminente. La guerra civil siria no ha terminado todavía, pero Ankara ya piensa en el día después, y no quiere que el armisticio deje a lo largo de su frontera un estado autónomo kurdo, y menos aún un estado independiente. De ahí esta operación militar.

En esto los intereses de Turquía chocan con los de EE.UU., que sigue siendo nominalmente su aliado, aunque las relaciones entre los dos países se hayan deteriorado considerablemente en los últimos tiempos. Los norteamericanos, que llevan ya más de 25 años apadrinando a los kurdos en la vecina Irak, han armado y entrenado también a los kurdos de Siria a lo largo de esta guerra civil, ostensiblemente para que luchasen contra el Estado Islámico, y, además, de manera indirecta, para que se enfrentasen al ejército de Bachar al Asad. Pero los norteamericanos también ven próximo el final de la guerra en Siria y, ahora, derrotado el Estado Islámico (al menos sobre el mapa), se conforman con convertir a los kurdos de Siria en otro estado-cliente, más o menos autónomo, como los kurdos de Irak. La idea es que, mientras ese estado mantenga su independencia y Washington tenga allí bases, al Asad no podrá disfrutar de su futura victoria ni normalizar el país. Por eso, el domingo pasado la Casa Blanca anunciaba la transformación de las milicias kurdas sirias en un ejército de 30.000 soldados.

Ese anuncio es que el que ha puesto en marcha a los turcos. Pero Turquía sabe que no se puede permitir un enfrentamiento armado directo con Washington, y en el nordeste de Siria, en medio de las milicias kurdas, hay entre 5.000 y 15.000 soldados norteamericanos. Así que Ankara ha decidido romper la continuidad del proto-estado kurdo en Afrin, un enclave aislado mucho más al oeste, donde no existe el peligro de chocar Washington. Aunque el partido que controla Afrin es el mismo que en la zona de influencia norteamericana, el comunista YPG, allí los asesores son rusos, y la experiencia de luchar contra los yihadistas ha acercado a estos kurdos al bando de al Asad, aunque sea por pragmatismo. Por eso, los turcos confían en que Washington les dejará hacer.

Y es cierto que, para Washington, resulta conveniente que se frustre el proyecto de un Gran Kurdistán en Oriente Medio, que sería una nueva fuente de conflictos. Ya lo está siendo, pero Turquía y EE.UU. confían en que podrán controlarlo y hacer que sirva a sus propósitos. Naturalmente, la historia tiende una conocida tendencia a hacer que esta clase de cosas escapen al control de quienes los alimentan.

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