El audaz Puigdemont y la ley


La constitución de la Mesa del Parlamento catalán, y todas las cuestiones previas, se han ceñido a lo esperado. Incluido el discurso, más bien desahogo, del presidente de la mesa de edad, el antiguo socialista ahora en ERC Ernest Maragall, que ha pecado de un nuevo olvido de la otra mitad de los catalanes en su alocución. Porque si desde las filas soberanistas la justificación para lo sucedido estos años se sostiene en el Estatuto del 2006, ese mismo sector secesionista debiera explicar también la deriva del procés y el desprecio a las minorías y a las leyes perpetrado en la sede parlamentaria el 6 y 7 de septiembre.

Cataluña no debe ser gobernada en contra de la otra mitad, constitucionalista o soberanista, y de las leyes. Cataluña coexistirá en sus mitades, mitades que pueden encontrarse por una parte en la Asamblea Nacional Catalana o en Òmnium, pero que por la otra parte han aflorado, primero tímidamente y luego con contundencia, desde la Sociedad Civil Catalana y sus convocatorias del 8 de octubre. O provocar sonrisas y preocupación ahora con el espejo de Tabarnia.

Luego de los sucesos del 27 de octubre en el mundo secesionista y la aplicación del artículo 155 suspendiendo las instituciones catalanas, es de agradecer que el discurso del nuevo presidente del Parlamento de Cataluña pueda sintetizarse en  «más allá de las convicciones políticas y personales están los principios. Quiero hacer de la democracia y la convivencia los pilares fundamentales de mi mandato. Quiero contribuir a coser la sociedad catalana». E incluso que lo haya finalizado tan solo con un ¡Viva la democracia y viva Cataluña!

Desconozco si el nuevo presidente, Roger Torrent, pudiera ser, respecto al credo de los suyos, proclive a la herejía. O si apenas es un político firmemente convencido del credo de su partido y es este, Esquerra Republicana, quien habla por boca de él. En cualquier caso respecto al secesionismo, aunque no en sus fines pero si en sus caminos, será necesario estar atentos a la posible heterodoxia de Esquerra, o a su vuelta al sentido de la realidad y del respeto a la democracia, pues en una sociedad dividida y con las instituciones políticas propias tuteladas desde Madrid, se hace necesario el tiempo del dialogo y la negociación. Tiempo para el que ha demostrado su incapacidad el audaz Puigdemont, más entregado a sí mismo y a su papel en la historia que a buscar soluciones a los graves problemas de la compleja sociedad catalana.

Iniciada la legislatura se mantienen los interrogantes. Entre los independentistas, cómo, y para qué formar gobierno. Y si es firme la propuesta del presidente del Parlamento de buscar el diálogo y el acuerdo entre la pluralidad de opciones de los catalanes, cómo responderá el Estado y los partidos no independentistas para restablecer la convivencia política. Salvo que el audaz Puigdemont y sus fieles lo vuelvan a impedir, despreciando de nuevo los imperativos legales.

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