Cuando Rato se arrancó el martes en el Congreso, lo natural fue comprobar en el reloj del coche a qué día andábamos. Era como si el tiempo fuese un chicle y en un hago-chás Rodrigo fuese de nuevo el ministro más lisonjeado del liberalismo. Debe de quererse mucho para que aquella mano policial que le protegió el cogote antes de meterlo en un coche patrulla no le hubiese hecho muesca alguna en la autoestima. Pero por lo visto esta semana, no hay escarnio o abandono que diezme algunas naturalezas. Ese tumbao inasequible al juicio o a la ética ajenas. Esa frecuencia modulada de la gran frase de la jornada, «es el mercado, amigo», aunque en su caso a la frase le sobra la coma, porque para él el mercado fue un íntimo con el que compartió la atmósfera espesa de las buenas partidas de póker, ilegales y turbias. 

Luego estuvieron Pedro Solbes y Elena Salgado, que vistos todos así, en fila india, nos dejaron en la boca el agrio sabor del desengaño. Solbes optó por una contrición interesada destinada a pasarle el muerto a ZP y Salgado por un hermetismo extraterrestre. Cuando era vicepresidenta hacía ejercicios de bikram yoga sobre la mesa ministerial. Hay fotos. Así que el revival de quienes nos pastorearon durante la gran recesión no pudo ser más desolador. El tiempo despoja a los políticos del contexto, los deja con su naturaleza en pelotas y lo que vimos esta semana nos dejó tiritando. La gran recesión la manejaron un chulo, un zorro y una replicante.

Se me aparece este trío mientras leo que una cuadrilla de operarios de vías y obras encontró en A Coruña un bolso con 7.400 euros y lo devolvieron sin dudar. ¿Alguna vez, señor, admiraremos tanto a un político?

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7.400 y Rato