Si el siglo XX será recordado como el de un cambio sin precedentes en la historia de la humanidad, el actual está yendo a una velocidad tan vertiginosa que supera cualquier expectativa que nos pudiésemos haber imaginado.
En esta nueva era virtual, de alta tecnología, el lenguaje cambia, los interlocutores y los destinatarios de los mensajes también y la sociedad evoluciona a un ritmo mayor de lo que hemos conocido hasta la fecha.
Los avances en aspectos como la medicina, las comunicaciones, la movilidad o la tecnología, por citar solo unos cuantos ejemplos, son de tal magnitud que la obsolescencia se va acortando cada vez más. Así, lo que hoy es moderno y actual y hasta revolucionario, en un año habrá sido superado y mejorado por algo que lo dejará prácticamente en desuso.
Pasa con los aparatos electrónicos, con los móviles, los equipos informáticos o los vehículos en los que nos desplazamos, que año tras año sufren un restyle, una renovación que hace casi irreconocible al modelo anterior, los medios de transporte, los materiales de construcción, los tejidos, etc. Hasta la climatología parece haberse vuelto loca por cambiante e impredecible.
Este avance no tiene marcha atrás, no tiene retroceso. Podemos pensar que algo resultará defectuoso y tendrá que ser retirado, pero las nuevas tecnologías no se paran, no se preocupan en subsanar defectos, simplemente innovan, crean, desarrollan nuevas ideas. Y si uno no se sube a ese carro, se queda desfasado, antiguo o analógico, como dicen los modernos. La inversión en innovación y el desarrollo han de ser el principal elemento dinamizador de esta vieja Europa en la que nos ha tocado vivir, en la que cada vez hay menos recursos naturales que han de ser suplidos por otros culturales, científicos e intelectuales.
Los agentes de esos cambios son, en no pocas ocasiones, los particulares que autorregulan sus relaciones, alquilando sus casas, compartiendo sus vehículos en desplazamientos, creando mercados propios de intercambios y/o ventas de bienes y productos, dinamizando redes de comunicación social. Y hasta generando unas monedas que escapan a cualquier control gubernativo o administrativo y que tienen su propio sistema de revalorización o de depreciación, pero que son mucho más ágiles que las estandarizadas.
Poco o nada nos puede sorprender ya y hay dos maneras de vivirlo, como espectadores o como intervinientes, como actores. El futuro para los jóvenes se presenta apasionante y para los no tan jóvenes, al menos desafiante. No nos podemos quedar atrás y debemos entender que los cambios se imponen, aceptándolos, renovándonos y haciéndonos si cabe mejores. Experiencia y renovación son la combinación perfecta; innovación y desarrollo, la apuesta fundamental; y la cultura del esfuerzo y la creatividad, la fórmula imprescindible para seguir adelante. Tempus fugit, el tiempo vuela.