Tradicionalmente, el año llega en forma de vals, el que interpreta todos los años la Filarmónica de Viena en su Concierto de Año Nuevo. Sin embargo, si hemos de creer a los científicos, el tiempo tiene más bien una estructura que parece inspirada en la música de Bach: un tema del que existen innumerables variaciones gobernadas por las matemáticas. Según la hipótesis del multiverso, habría una infinidad de mundos paralelos en los que estamos todos nosotros y todo lo que nos pasa, pero con ligeras variaciones. Por ejemplo, cuando en nuestro universo se presentan dos posibilidades y nosotros elegimos una, hay otro universo en el que elegimos la otra. Si una cosa sucede en nuestro universo, hay otro en el que no sucede o sucede lo contrario. Todo lo que es posible, existe en algún lugar.
Si esto es así, este año que termina no ha sido únicamente el que hemos vivido, sino que también ha transcurrido de muchas otras maneras. Hay un universo en el que Donald Trump dimitió al poco de llegar a la Casa Blanca, consciente de su, llamémosle, falta de idoneidad; aunque también hay un universo en el que fue un gran presidente durante este año. El problema es que en ese mismo universo, Trump es, quizás, el hombre que aprieta el botón nuclear para destruir Corea del Norte. Afortunadamente, hay otro universo en el que no lo hace; pero hay otro más en el que es Pionyang quien inicia la guerra. Hay otro universo en el que Marine Le Pen gana las presidenciales francesas pero no forma parte del Frente Nacional sino de un partido animalista. En un universo, Cataluña se ha hecho independiente, y hay dos universos mellizos, uno en el que le ha ido bien y otro en el que le ha ido mal (la teoría de los universos paralelos no adscribe probabilidades). Muchas de estas cosas ni siquiera importan en otros universos, en los que no llegan ni siquiera a ocurrir, porque son los que contienen esa guerra nuclear entre Corea del Norte y Estados Unidos. Esta es una de las lecciones de la teoría del multiverso: el todo es más importante que las partes.
Tampoco está claro si unos universos son preferibles a otros: aquél en el que Usain Bolt no pierde su última carrera profesional puede ser el mismo en el que Jamaica se ve arrasada por una catástrofe natural. El universo en el que Italia se clasifica para el mundial de fútbol puede ser el mismo en el que su economía se arruina en una crisis bancaria inesperada. Y, como sucede en el contrapunto de Bach, donde hay sucesiones, inversiones, copias en espejo y disminuciones retrogradadas, existen universos en los que el tiempo va en dirección contraria. En alguno de ellos, Trump abandona la Casa Blanca para dejar sitio a Obama; en otro Usain Bolt va empeorando progresivamente sus marcas hasta dejar el atletismo en una carrera de aficionados; en otro la tecnología nuclear de Corea del Norte es cada vez más primitiva, hasta que se olvida del secreto de cómo hacer bombas atómicas.
Quizás la realidad sea como la cantata 28, que Bach escribió precisamente para celebrar el Año Nuevo, y el año progresa como sus líneas melódicas. Hay que imaginarlo como una música apenas perceptible, como si alguien la tararease o la murmurase mientras trabaja. Hasta que se aproximan las doce campanadas. Entonces, como en el sexto movimiento de la cantata 28, arranca un coro en La menor, sólido como todos los coros de Bach, y que pronuncia las palabras del texto que dicen: «Gib uns ein friedsam Jahre, / Für allem Leid bewahre / Und nähr uns mildiglich» que se traduciría como «Danos, un año de paz, protégenos de todo dolor, y aliméntanos generosamente. Que así sea.