El consabido anticiclón que habitualmente reside en las Azores, mudó su posición siguiendo el camino de vuelta utilizado por Santa Claus y sus renos deshollinadores en la noche del día de Navidad, y sin encomendarse ni al Apalpador ni al Olentzero se dejó la puerta abierta por donde se cuelan las isobaras revueltas, que da al portón de doña borrasca, otrora frecuente visitante de esta esquina del atlántico.
Y mira por donde el primero en asomarse al alféizar de los vientos fue Bruno, recién salido de la factoría de ciclones y mas ventoleras que acompañan al temporal y a la galerna. Bruno fue recibido como si de un maná pluvioso se tratara, y a lo largo y ancho de esta comunidad, se abrieron los paraguas como si fueran abanicos en un día de agosto, cuando reina el bochorno.
Coincidió que yo acudí en su búsqueda, hice el camino para encontrar a Bruno, que tiene nombre de santo alemán que vivió en Francia y murió en Italia después de haber fundado en el siglo XII la orden de los cartujos, erigirse en santo del silencio y convertirse en patrón de Eslovenia. Para un abanderado canónico del silencio, parece una ironía malévola utilizar su nombre para bautizar a un joven huracán de vientos silbantes, de rachas ululantes que encrespan las olas capaces de estragar navíos en la mar.
Al llegar a mi destino, viajando entre inusuales cortinas de agua, entre torrenteras que creía que habían desaparecido, viajó Bruno hasta mi pueblo y clavó su récord en un anemómetro acostumbrado a medir brisas, marcando 152 kilómetros en la estación meteorológica de Penedo do Galo, en mi amado Viveiro.
Toda la noche cantó un melódico bramido que me recordó la banda sonora de mi infancia, cuando el temido viento, que abaneaba árboles y demás arbustos de mi jardín urbano que me hacia fantasear con naufragios y demás temores que se iban quedando a dormir en mi cama y en mi imaginación.
Repicaba la lluvia en mis cristales con un tamborileo de villancico antiguo mientras el aguardado Bruno hacía remolinos donde da la vuelta el aire para continuar caminando para deshilacharse por otras tierras allende Pedrafita.
He vuelto a sentir, después de tantos años, la caricia furiosa de la lluvia en el rostro mientras una brisa creciente rodeaba ni cuerpo vestido de tormenta con el disfraz, con el hábito blanco del cartujo Bruno que se tornó en nieve allí donde las cumbres apuntaron al cielo.
Se ha ido Bruno que dejo la puerta abierta para que otras borrascas sigan su ejemplo ya sin su ímpetu de viento joven. Se ha ido para no regresar pero me ha dado tiempo a saludarlo, a sentir su frío aire de temporal, que estaba agazapado en mi memoria de inviernos, y quiero contarlo como quien inicia un catalogo de brisas, de vientos novicios que de vez en cuando nos visitan derrocando sequías y arrastrando frenético el carro que trae las lluvias. Adiós Bruno, vuelve sosegado y mas sereno, cuando quieras.