España no se lo puede permitir


En niebla espesa, nadie sale a navegar. Con mala mar, algunos, los que la observan, la miden y llegan al convencimiento de que la pueden capear. Sin visibilidad, todos en tierra. Y así es como ya está una buena parte de la inversión en Cataluña, en tierra, en espera. La otra, con sedes sociales a cientos de kilómetros de distancia. No hay otra opción y no porque la sociedad esté dividida, eso la economía lo puede soportar, sino porque la mayoría de los escaños del Parlamento ven con agrado violar la seguridad jurídica.

Y eso, para un inversor, es la gran línea roja, y si lo dice con la fuerza suficiente como para que lo escuchen sus trabajadores, entonces, estos también se plantan como consumidores. Nadie compra una vivienda si sospecha que el Consejo de Administración de su compañía ve las futuras ampliaciones en otros territorios.

Hoy Cataluña está inmersa en una profunda fractura social y, si lo dudábamos, las elecciones nos lo han reafirmado.

La gran Barcelona, motor económico nacional, frente a la Cataluña rural y subsidiada. Su costa frente a su interior. Partes que ni se encuentran ni tampoco desean hacerlo.

Las heridas no paran de recibir sal.

Las decisiones han expulsado a la razón de su seno y ya solo cohabitan con el sentimiento. En este marco, predecir su futuro económico no tiene ninguna ciencia, es de manual: inseguridad jurídica, incertidumbre, moderación del consumo, freno de la inversión extranjera, crecimiento suave del empleo, precarización de las condiciones laborales, ralentización de su ritmo económico.

¿Y hasta cuándo? Hasta que desde Madrid se genere un nuevo discurso hacia Cataluña, y no tanto para legitimar las exigencias del bloque secesionista como para reafirmar a la mayoría constitucionalista que reivindica a España como oportunidad y no como castigo.

Parece evidente que ese diálogo solo será fructífero si cuenta con nuevos interlocutores.

La derrota sin paliativos de Mariano Rajoy lo inhabilita para liderar ese proceso -en Galicia no tendría representación parlamentaria-, como inhabilitan a Carles Puigdemont y a Oriol Junqueras sus causas abiertas por sedición y rebeldía.

Y si los catalanes están dispuestos a asumir incertidumbres, España no debería. Por tanto, toca marcar los tiempos y actuar. Suavizar los discursos políticos. Intensificar la presencia del Gobierno en la vida social catalana y abrir los debates oportunos, entre ellos el de la financiación autonómica.

Si así conseguimos caminar, bienvenido sea, y si no es el caso, no perdamos la paciencia, ya que sin ella nunca seremos dueños de la razón.

La gran Barcelona, motor económico nacional, frente a la Cataluña rural y subsidiada. Su costa frente a su interior. Partes que ni se encuentran ni desean hacerlo

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