El diablo en Jerusalén


Cuando vivía en Jerusalén comencé a escribir una novela que nunca terminé. La historia iba de que me encontraba con el diablo en la Puerta de Damasco y forjábamos una buena amistad. El diablo resultaba ser un tipo afable, simpático; cruel, pero socarrón. Me decía lo que iba a ocurrir en el futuro inmediato, dónde estallaría una bomba o dónde iban a lanzar un misil los israelíes. Era una actualización del viejo mito del Doctor Fausto, solo que en este caso el periodista vendía su alma a cambio de un acceso permanente a exclusivas y fuentes reservadas. Lo escribía como ficción, pero no estoy seguro de que no haya ocurrido en algún caso.

Por la noche, el diablo y yo dábamos paseos por los barrios de la Ciudad Vieja y me contaba la historia del lugar con todo lujo de detalles. Él se conocía cada rincón, porque llevaba viviendo allí, en Jerusalén, desde los tiempos del Antiguo Testamento. «Aquí me siento como en casa», decía, y me ilustraba con sus opiniones acerca del conflicto. «Se habla mucho de la ciudad de las tres religiones», me explicaba, por ejemplo, «pero nunca se dice que el diablo es el mismo para las tres... Esa sí sería una buena base para un acuerdo de paz, ¿no te parece?».

A menudo, el diablo resultaba muy convincente, por eso había que tener un cuidado especial con él. Como al final no terminé la novela, el diablo dejó de visitarme en mi fantasía. Me imaginé que me devolvía mi alma («no tengo espíritu coleccionista» me decía, «y, por otra parte, en el infierno no cabe un periodista más»). No volví a saber más de él. Al fin y al cabo, era un personaje de ficción.

El miércoles estaba pendiente del anuncio en televisión del presidente de Estados Unidos, en el que reconocía Jerusalén como la capital de Israel, en contra de las resoluciones de las Naciones Unidas. Me tocaba escribir sobre eso. Me llamó la atención cómo de repente parecía arrastrar las /t/ y las /sh/. Hice mi trabajo y luego me fui a dormir. Pero luego, en la cama, cerré los ojos y volví a pasear con la imaginación por las calles de la Ciudad Vieja de Jerusalén. Entraba por la Puerta de Damasco, como tantas veces hice durante años. Todavía olía allí a las especias que se venden durante el día en grandes expositores de madera, como pantones de colores ocres. Subía por la Via Dolorosa, donde los cristianos palestinos habían ya empezado a colgar adornos de Navidad. Y, cerca de la Puerta Nueva, en la casa de comidas de Abu Shanab El Armenio, me encontraba con mi viejo amigo el diablo, que se estaba comiendo un falafel. «¡Cuánto tiempo!», me dijo, con la boca llena.

Nos dimos un rodeo por el Barrio Armenio y bajamos luego por el Barrio Judío al Muro de las Lamentaciones. Al llegar al Barrio Musulmán, el aire estaba cargado del aroma de los gases lacrimógenos. Tras el anuncio de Trump había algunos disturbios en las calles. Dos chavales palestinos pasaron corriendo, perseguidos por unos policías de fronteras. En las proximidades se oían detonaciones. «¿Qué va a pasar con ellos? ¿Harás que pierdan la esperanza?», le pregunté al diablo, refiriéndome a los palestinos. Se tomó un momento para pensar y luego dijo: «Algo peor: haré que nunca les abandone la esperanza, pero que pierdan siempre». «¿Y los israelíes?». «Haré que siempre ganen, pero que nunca estén satisfechos». «¿Y el resto del mundo?» Aquí el diablo esbozó una gran sonrisa: «Seguiré haciendo que piensen que la palabra 'paz' es mágica y que, si la dicen mucho y esperan un poco más, todo se solucionará. Ya sé que no es muy original, pero siempre me ha funcionado». Como decía: hay que tener cuidado con él. El diablo, al fin y al cabo, es el diablo.

Por Miguel-Anxo Murado Escritor e xornalista

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