Recuerdo de los héroes del Prestige


Conservo pocos recuerdos periodísticos tan nítidos como el de la catástrofe del Prestige. La indignación de aquellos días, la emoción por pertenecer a un pueblo ejemplar, la fortuna de poder contarlo en este periódico como lo hicimos. Con la valentía que requería el momento. Lo recuerdo bien porque tengo muchos amigos y familiares que perdieron demasiado en aquellos días: dinero, salud... Jamás podré olvidar sus lágrimas, su rabia, el miedo a perderlo todo. Si aquella marea negra hubiese entrado en la ría de Arousa, hoy seguiríamos en reconversión. Evocando un pasado próspero en el que miles de familias vivían de sus bateas. Un pasado en el que las lonjas de A Illa, O Grove o Cambados subastaban cada tarde almejas y camarones, nécoras y centollas... Por fortuna no fue así.

En casa, en nuestras cenas, es un asunto recurrente este del Prestige. Y siempre les replico a los míos que todo lo que se dejaron en aquellos días es una minucia en comparación con lo que ganaron. La lección de dignidad que legaron a sus hijos. Ellos salvaron la ría con sus propias manos aquel trágico 3 de diciembre del 2002 en el que la marea negra se presentó a sus puertas. Su ejemplo sacudió tantas conciencias... Miles de marineros al rescate de su futuro. Miles de ciudadanos anónimos en cada puerto ayudando en lo que podía: gente haciendo bocatas, otros vaciando contenedores, muchos embarcándose por primera vez en lanchas para atacar el fuel... Vecinos que no se hablaban desde hacía años trabajando juntos como hermanos. Un relato épico que, visto lo visto, el tiempo se ha empeñado en difuminar.

En esta era de la posverdad, en la que el periodismo se fabrica con likes y retuiteos, uno tiene la sensación de que es más efectivo facturar artificios que acudir a la verdad, al tuétano de aquella calamidad. Es probable que 15 años después de aquel infierno ya no quede nada que contar. Que aquella aventura de los héroes del Prestige sea solo hoy una batallita de abueletes. Puede que sí. Pero esa batallita es, además de la verdad, historia viva de esta tierra. Obviarla es, por encima de cualquier cosa, una indecencia.

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