¿Plan de pensiones o engañabobos?


Ocho de cada diez españoles están preocupados por el futuro de las pensiones públicas, pero solo tres de cada diez ahorran para la jubilación. Lo primero está justificado. Jubilarse significa renunciar a la quinta parte del nivel de vida actual: la pensión supone por término medio el 80 % del salario que se percibía. Pero las cosas irán a peor. Las proyecciones oficiales más optimistas prevén que los jubilados del 2030 -trabajadores con 54 años hoy- percibirán el 58,2 % del sueldo. Y los del 2060 -los jóvenes que tienen ahora 24 años-, la mitad del salario. En consecuencia, el Gobierno, en vez de centrarse en lo suyo -lo público-, se ha metido a vendedor de planes privados de pensiones. El lema está claro: ahorre desde ya para complementar la mísera pensión que le espera -si comparece a la cita- el día de mañana.

Por ahí van los tiros de la última decisión. El Gobierno ha decidido que los planes privados se pueden rescatar sin limitaciones a los diez años. Una vez transcurrida una década, si a usted ya no le preocupa la jubilación, bien porque le ha tocado la lotería o bien porque no piensa llegar a viejo, puede saltar por esa ventana de liquidez y recuperar sus ahorros para cambiar de coche, pagar los estudios del chaval o llegar con holgura a fin de mes. A los bancos y gestoras no les ha gustado la medida: creen que desnaturaliza un producto para la jubilación. Y en esto tienen razón, porque díganme: ¿En qué se diferencia ese plan con liquidez garantizada de una simple cuenta a plazo?

Alguien me dirá que se distinguen en el tratamiento fiscal. Y sí, efectivamente, diferencias haylas, pero favorables a la cuenta a plazo. Desde el punto de vista fiscal, el plan de pensiones es un auténtico engañabobos. Las aportaciones realizadas disminuyen la base imponible del impuesto sobre la renta y usted paga menos cada año. Pero cuando vaya a rescatar sus ahorros, porque le llegó la hora de la jubilación o porque han transcurrido los diez años de marras, el golpe de Hacienda lo dejará tieso. Todas sus ventajas al garete. En ese fatídico momento tendrá que tributar por todo el dinero recuperado, no solo por la rentabilidad obtenida. Y hacerlo, además, como rendimiento del trabajo y al tipo marginal que le corresponda. Comprobará entonces que Hacienda nunca regala nada. Estaba al acecho, embaucándolo con la zanahoria de las desgravaciones, antes de propinarle la estacada.

Mucho peor aún lo tienen los jóvenes precarizados de hoy. Sus cotizaciones a la Seguridad Social ayudan a pagar la pensión del abuelo, pero no garantizan la suya. Supongamos que, haciendo economías inverosímiles, consiguen ahorrar unos euros y suscriben un plan privado, pero no pueden beneficiarse de la reducción del IRPF. Hacienda no tiene compasión. El día del rescate les caerá el palo igualmente. Volverán a tributar por un dinero que ya había tributado. Un caso de doble imposición.

Todo esto pasa porque el Gobierno quiere promocionar las pensiones privadas. Sí, pero sin poner un duro ni reducir un céntimo los ingresos públicos.

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