Independentismo y dignidad


Hablan de la dignidad como si fuese una palabra que solo les perteneciese a ellos. Los que no somos independentistas carecemos de tal virtud. Del mismo modo que nos han llamado fascistas y franquistas, nos llaman indignos. Dignos, solo ellos. Tanto que hasta fueron capaces de crear en 2007 el Institut Nova Història para inventarse su propia dignidad de pedigrí y vulnerar la del resto. Hace cuatro años le concedieron el XIX Premi Nacional President Lluís Companys de Esquerra Republicana. Los motivos son los que siguen: «Por su labor de investigación, estudio y divulgación de la historia de Cataluña, con un carácter iconoclasta e innovador, explotando al máximo las posibilidades de interacción, participación e internacionalización de los estudios, y por su compromiso con el conocimiento de la historia de Cataluña». Cervantes y Cristóbal Colón, que en realidad se llamaba Joam Colom i Bertran, eran catalanes. El Lazarillo de Tormes, también. Hasta el mismo Erasmo de Rotterdam había bebido de los genes catalanes: era hijo de Cristóbal Colón. Y por supuesto, no salieron del Puerto de Palos en Huelva para descubrir América, sino del puerto de Pals, en Girona. Hernán Cortés en realidad era Ferran Cortès, y Pizarro sería Francesc Pinós De So i Carròs. Leonardo da Vinci, dicen los del Institut, también era catalán. No cuento los elogios de Pujol, Artur Mas o Puigdemont, a tan eximios investigadores. Las subvenciones y premios que ha recibido el singular centro de estudios, tampoco los enumero. Para qué. No me llegaría el espacio de mi columna para citarlos todos. Solo lo nombro para argumentar el motivo de esta reflexión: la dignidad del independentismo. Es que hay que ser muy digno para inventarse su propia historia con tanta fiabilidad intelectual. También hay que serlo para explicar a los niños, a través de su imparcial televisión pública, lo que es un preso político. Dignidad es saltarse las leyes de la democracia, la Constitución o el Estatuto, y querer pasar por unos demócratas ejemplares. Dignidad es ir a Bruselas y acusar a España de ser un Estado fascista sin garantías democráticas. Dignidad es dar orden a los mossos para que desobedezcan a los juzgados y para que espíen a la Guardia Civil y a la Policía Nacional. Dignidad es haber gastado dinero público, o sea, malversarlo, en la organización de un referendo ilegal. Dignidad es haber partido en dos la sociedad catalana, enfrentando a unos con otros, rompiendo la convivencia en trozos que durante años serán difíciles de volver a juntar.

Dignidad es haberse fugado de Cataluña. Dignidad es decir que no se presentan a unas elecciones por ser ilegítimas y acto seguido desdecirse: ¿Cuántos dineros y puestos de trabajo se juegan en las mismas?

Y para rematar columna, como hago últimamente, recuerdo que en Galicia hay quien defiende este delirio. No lo olvidemos. Son los mismos que reparten carnés de galeguidade todos los días del año. Los dignos.

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