Las amistades peligrosas del separatismo

Roberto Blanco Valdés
Roberto L. Blanco Valdés EL OJO PÚBLICO

OPINIÓN

NICOLAS MAETERLINCK | AFP

08 nov 2017 . Actualizado a las 05:00 h.

En el apoyo exterior: ahí pusieron sus esperanzas de victoria los sediciosos catalanes. Pero, cegados por el odio a España, cometieron un error morrocotudo: creer que igual que habían manipulado a cientos de miles de catalanes podrían vender a los gobernantes democráticos el cuento chino de una Cataluña oprimida y expoliada.

Como era de esperar, el resultado fue un fiasco. Tras haber gastado millones de euros -pagados también, por supuesto, por los no nacionalistas- ningún Estado de la Unión Europea ni ninguna democracia del planeta apoyaron la rebelión nacionalista. La realidad fue la contraria: los dirigentes democráticos repitieron que su único interlocutor era el Gobierno, que los rebeldes no podían pretender que legitimasen un acto delictivo y que nada había que mediar entre un Estado defensor de la legalidad constitucional y unas instituciones autonómicas que la habían pisoteado sin desmayo.

Sería, sin embargo, una rotunda falsedad afirmar que nadie apoyó a los sediciosos. Lo hizo toda la zarrapastrosería del planeta: Nicolás Maduro, gran demócrata según su amiguete Pablo Iglesias; Neil Farage, exlíder del UKIP, el partido xenófobo y antieuropeísta laminado en las elecciones de junio en Gran Bretaña; y lo más granado del ultraderechismo europeo: el holandés Geert Wilders, la francesa Marine Le Pen o el finlandés Jussi Alla-ho. La cesta la completaron Vladimir Putin, por quien siente rendida admiración todo aprendiz de dictador, y ese condimento que no puede faltar en una salsa que quiera convertirse en intragable: Julian Assange, siempre dispuesto, a cambio de dinero, a desestabilizar las democracias de Occidente.

Vista tan lucida selección, los rebeldes, no han querido defraudar al interpretar el rock de la cárcel, segunda parte de su admirable vodevil. Y así, el único miembro de un Gobierno de la UE que defiende sus embustes (que en España se encarcela a los opositores y hay presos políticos) es Jan Jambon, ministro belga de Interior, militante de un partido de acreditada trayectoria xenófoba (Nueva Alianza Flamenca) conocido, entre otras lindezas, por asistir en su país a una fiesta de antiguos SS (la legión Vlandern), por haber declarado que los belgas colaboracionistas con los ocupantes nazis «tenían sus razones» o por haberse fotografiado feliz con Jean-Marie Le Pen, el papá de Marinita. No menos escandalosa ha sido la selección de los letrados que defenderán a los fugados: a Puigdemont, Paul Bekaert, conocido abogado de etarras; a los ex consellers Meritxell Serret y Antoni Comín, Gonzalo Boye, condenado en su día por la Audiencia Nacional a 14 años de prisión por colaboración con ETA en el secuestro de Emiliano Revilla.

Ciertamente, con esos amigos la causa del secesionismo catalán no necesita de enemigos. Los rebeldes se lo guisan y los rebeles se lo comen. Su indigestión será, inevitablemente, formidable.