Seguramente, en no pocas ocasiones, el Pueblo, con mayúsculas, está por encima de sus gobernantes. Lo que estamos viviendo en Cataluña es un claro ejemplo. La inquietud y crispación generada por unos políticos que toman decisiones, cuando las toman, contrarias a la legalidad, desafiando el orden establecido y provocando reacciones que pretenden sean desproporcionadas, se compensan cuando se ve la reacción de una sociedad civil que está muy por encima de sus dirigentes.
Hemos asistido a manifestaciones de distinto color político, con una afluencia muy considerable de gente, superando incluso el millón de asistentes, discurriendo por las mismas calles de Barcelona, si bien en distintas fechas. Y, en ninguna de ellas hemos visto altercados ni enfrentamientos entre particulares. Cada colectivo ha enarbolado sus banderas, gritado sus proclamas, invocado sus himnos y sus eslogans y, con enorme alegría, percibimos que ha predominado la paz, la armonía, la concordia.
Y eso es por lo que conocíamos a Cataluña, por ser una comunidad cosmopolita, abierta a todas las culturas y credos, una mezcla de modernidad y tradición que acogía a todos sus visitantes, tal y como sucedió en los Juegos Olímpicos del 92. Aquel fue el paradigma de una ciudad, con toda una nación detrás, la española, abierta al mundo, moderna, de primer nivel.
Y ese sentimiento y a la vez ese sentido común, el famoso seny catalán, no pueden ser secuestrados por una mezcla de políticos de distinto color, pero con el mismo pelaje, que han querido atribuirse la ideología de todo un pueblo, sin representarlo, transgrediendo las más elementales normas, ya no legales, sino de normal y pacífica convivencia en un entorno comunitario, en un estado de derecho y en un país del llamado primer mundo. Esos gobernantes no han respetado nada, ni siquiera al pueblo de Cataluña. Y si no cumplen la ley, ni respetan las normas, ¿qué compromiso y que respeto pueden ellos exigir? Ninguno, no están legitimados.
Por todo ese ejemplar comportamiento de la sociedad catalana en general, en su inmensa mayoría, me atrevo a transmitirles mi cercanía, mi reconocimiento y a gritarles: Olé, pueblo de Cataluña, es un orgullo que sigáis siendo de los nuestros, porque juntos seremos siempre más grandes y mejores.