La revolución rusa de octubre ocurrió en realidad en noviembre. Éste es ya el primer detalle llamativo de ese episodio del que se cumplen cien años. Tampoco fue una revolución, en sentido estricto. La verdadera revolución se había producido en febrero, cuando las masas hicieron caer a la monarquía zarista y establecieron una democracia frágil. Lo que ocurrió en octubre-noviembre fue más bien un golpe de estado, la toma del poder por una pequeña facción, los bolcheviques de Lenin. No fue un episodio particularmente épico sino más bien una confusa asonada en medio de la noche y la nieve. La periodista gallega Sofía Casanova, que era de Culleredo y estaba allí, escuchó aquella noche los cañonazos del crucero Aurora, pero solo se enteró de lo que había pasado de verdad al día siguiente a mediodía, como la mayor parte de los petrogradenses. Ni siquiera los que fueron al teatro aquella noche, a pocas calles de donde se desarrollaba el drama, oyeron gran cosa, aunque el resultado se lo anticipaba Boris Godunov, que era la obra que ponían en el Mariinsky: «Plash, plash, Rusky liud» («Llora, llora, pueblo ruso), canta el personaje del loco Nikolka.
Por eso, cuando, diez años más tarde, Stalin le pidió al gran director de cine Serguéi Eisenstein que lo contase todo en una película, Eisenstein tuvo que reescribir el episodio como quien borra y comienza de nuevo. Para empezar, engrosó sustancialmente el número de participantes, alistando extras entre los obreros de las fábricas, quizás los mismos que diez años atrás no se habían sumado a la revolución. Eisenstein imaginó escenas que no habían ocurrido, como el derribo de la estatua del zar Alejandro III, que en realidad ocurrió al año siguiente. Incluso jugó con el tiempo: en la hermosa escena en la que los relojes de todo el mundo marcan la caída del Palacio de Invierno, es medianoche en punto; en la realidad, eso había ocurrido a las once y algo, una hora que no dice nada. Para el papel de Lenin, que había muerto tres años antes, Eisenstein encontró a un doble perfecto, un obrero llamado Vasili Nikandrov. Tan perfecto, que se le obligó a vivir en la clandestinidad, porque la gente que le veía creía que el auténtico había resucitado.
Eisenstein dispuso de medios que ni siquiera un director de Hollywood de la época hubiese podido soñar. En el mundo del cine se suele decir, medio de broma, que un productor es un dictador, pero en este caso era literalmente cierto porque el productor era Stalin, que dio carta blanca a Eisenstein. Podía ordenar que se levantasen los puentes colgantes a la hora que a él le venía bien, que se parasen o se pusiesen en marcha los tranvías según las necesidades del plano. Para que los cañonazos del Aurora se viesen bien, se usó tanta munición que se rompieron los cristales en las casas del barrio del muelle. La filmación del asalto al Palacio de Invierno causó, de hecho, más daño al edificio que el ataque auténtico diez años antes, entre otras cosas porque los bolcheviques impostados saltaron las hermosas puertas de hierro forjado, mientras que los bolcheviques de verdad tenían la llave.
Eisenstein lo logró. Cuando se piensa hoy en aquel octubre-noviembre de 1917, no se recuerda el real sino el que él inventó, y cuya edición final correspondió a Stalin, que se presentó en la sala de montaje el día antes del estreno e hizo algunos cambios más, con las tijeras en la mano, como un dios. Esa misma noche, se dice que el actor que hacía de Lenin no pudo resistir la tentación y salió de su escondrijo a emborracharse.