Añoranza

OPINIÓN

04 nov 2017 . Actualizado a las 05:00 h.

Tener fe no quita la nostalgia. Y cuando uno va acumulando años, al mismo tiempo acumula personas a quien ya no puede estrechar entre sus brazos, con las que no puede tener una entretenida sobremesa o soñar proyectos. Algunas partidas han sido, además, trágicas y han dejado un poso de amargura y una profunda desazón interior. Las fiestas de todos los santos y de difuntos nos invitan a reconciliarnos con la muerte, que es tanto como reconciliarse con la vida.

Necesitamos tener un camino en la vida. Cada uno el suyo. La vida sin una ruta está abocada al fracaso. En ese caminar, disponer de un maestro, de un acompañante que nos ayude a discernir, es algo muy valioso. En este sentido, Pablo d’Ors es una de las personas que más admiro, y puedo asegurar que mi capacidad de admiración ha sido siempre notable. Sus libros y sus intervenciones reflejan un alma habitada por el Espíritu. Debemos aprender, nos dice, que «todo hombre, pobre o rico, es un necesitado. Y cuando se aprende eso, el corazón empieza a latir a un ritmo diferente y el mundo se convierte en el apasionante escenario donde desplegar la propia acción en favor de los demás». En eso consiste la felicidad, la eudaimonía de la que habla Aristóteles, la plenitud de vida, en construir espacios de encuentro y fraternidad. Ciertamente, «no son nuestros esfuerzos los que nos llevan a Dios, pero sin ellos, por alguna razón, no llegamos a Él»: esta es otra verdad a meditar en estas fechas.