Iba a ser un «procés». Será un proceso


Lo he escrito en más de una ocasión: el nacionalismo es a la nación lo que el alcoholismo es al alcohol. Por eso el fanatismo patológico de los nacionalistas puede provocar un efecto similar -el delirium tremens- al del síndrome de abstinencia del alcohol. Solo ese delirio permite entender, a fin de cuentas, que la incapacidad para captar la realidad llegue al punto de que seres racionales sean incapaces de apreciar las posibles consecuencias de sus actos.

Tal es la trágica historia de la rebelión secesionista. Encabezada por unos políticos enajenados por sus alucinaciones, los sediciosos llegaron a crear un mundo imaginario en el que las empresas vivirían encantadas en el caos de la inseguridad jurídica, los catalanes no nacionalistas se encerrarían en sus casas y los países de la UE reconocerían la independencia de Cataluña en cuanto fuera proclamada. El colofón de ese cuento de la lechera sería, por supuesto, una gran fiesta nacional: Carles Puigdemont y Oriol Junqueras harían de toreros de una democracia española banderilleada, picada y rematada por ellos con su estoque en el corazón mismo de la Constitución.

Como era previsible, el despertar de tal delirio iba a ser devastador. Las empresas salieron huyendo como quien lo hiciera de la lumbre, los no nacionalistas tomaron las calles demostrando su coraje frente al matonismo secesionista y los Estados de la UE consideraron la independencia una bufonada. El colofón del golpe de Estado no fue, claro, la gran fiesta nacional de los rebeldes sino el único que podía producirse en un Estado de derecho: que el procés acabara… en un proceso.

Ayer, tras prestar declaración como imputados, la jueza de la Audiencia Nacional decretó prisión incondicional para el exvicepresidente Junqueras y siete de los exconsellers de la Generalitat destituidos en aplicación de la ley fundamental que querían liquidar. Comenzó, así, la segunda fase del proceso de restauración de la legalidad constitucional: el que acabará muy probablemente con todos los dirigentes políticos de la rebelión sentados en el banquillo de los acusados para responder de los gravísimos delitos presuntamente cometidos.

Únicamente Puigdemont, convertido en un personaje grotesco al que parte de la prensa europea considera ya un auténtico payaso, y quienes con él se han dado a la fuga, se librarán por el momento de responder ante los tribunales de justicia. Pero el hecho mismo de su huida ilustra a la perfección el delirio en que vivían los que despreciaron como irreal esa posibilidad y demuestra, sobre todo, la descomunal frivolidad de quienes metieron a Cataluña y a España entera en una crisis política y constitucional de dimensiones gigantescas con el mismo infantilismo con que los chavales de enseñanza secundaria manipulados por Puigdemont y sus compinches salían a las calles a jalear la independencia.

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