Estado de necesidad


Las medidas anunciadas ayer por Rajoy son excepcionales, de dudosa constitucionalidad y en algunos casos duras de digerir. Pero no nos equivoquemos. Responden a un estado de imperiosa necesidad del que hay unos responsables concretos, los secesionistas. Se puede discutir sobre la dosis de la medicina, pero solo con quien admite que hay un enfermo y quiere curarlo. Porque hablar de democracia con quien lleva tiempo pisoteándola se antoja imposible. Quienes ocupan la Generalitat se han situado fuera de la ley y han secuestrado las instituciones de todos para aprovecharlas en su interés particular y socavar el Estado, que es un Estado de derecho. Se han convertido en un tumor que ha metastatizado en la Administración catalana. Y ya se sabe que cuanto más extendido está el mal, desgraciadamente más invasivo ha de ser el tratamiento. 

Las medidas del 155 no van a resolver el problema político de fondo en Cataluña, tristemente enquistado por variadas causas. Pero no es menos cierto que las ansias catalanistas de buena parte de la población ha sido utilizadas como coartada por unos cuantos para intentar un golpe de Estado. O una rebelión. Que cada uno ponga el nombre que quiera a una realidad: que unos servidores públicos han empleado los recursos a disposición para intentar imponer por la fuerza una nueva realidad política.

Y eso no es democracia. Es lo contrario. Por mucho que se intente mistificar la realidad a base de propaganda. Se puede engañar a mucha gente. Pero un engaño no se convierte en verdad porque sea masivo y sostenido en el tiempo. Democracia es debatir en libertad. Democracia es reconocer el derecho de todos, incluidas las minorías, a participar en ese debate en igualdad. Porque los derechos son fruto del reconocimiento general, no de la imposición de unos cuantos. Y los catalanes no pueden ejercer un derecho que no tienen, el de autodeterminación, porque nadie se lo ha reconocido. Democracia es decidir según reglas prefijadas, según la ley. Nada de esto se ha dado últimamente en Cataluña. Por eso es un sarcasmo que los golpistas hablen de golpe a la democracia por unas medidas que, aun cuestionables, son acotadas y provisionales. La democracia debe defenderse de quienes en su nombre solo intentan violentarla. Es triste, pero necesario.

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