Por la libertad


Hay historias, y hay historias necesarias. La de Patria, de Fernando Aramburu, es de estas últimas. Porque su relato hace emerger el lado oscuro de la fascistización de una sociedad sometida a los designios de una idea. De nación. De patria. Ocurrió en el País Vasco, pero es un mal que traspasa fronteras. Puede parecer que la obra de Aramburu se justifica solo por relatar aquello que hasta ahora se había silenciado. Sería suficiente, pero hay mucho más. Es tanto un adictivo thriller psicológico como un drama que navega sobre todas las emociones humanas. Aunque quizás la que menos presencia tenga sea precisamente la que nos hace más humanos, el amor. Una ausencia que es en sí misma la denuncia de los daños de la intolerancia y la opresión social. Aramburu desdeña el orden cronológico y hace avanzar la historia a lomos de los sentimientos, con una escritura seca, sin adornos, tan austera como la sequedad interna de sus personajes, dominados unos por el fanatismo, otros por el resentimiento, incluso el odio, por el miedo los más. Todos por la soledad, que es el resultado final de una sociedad que aplasta a las personas bajo el yunque del pensamiento único. Ese del que nadie se hace responsable, pero que se replica en la comunidad como un virus que solo se puede eludir con el exilio. Es una historia triste, dura, puede que incluso deprimente en algunos momentos. Pero por eso mismo necesaria y, sobre todo, oportuna. Porque ahora que reverdece la patria catalana conviene recordar el precio a pagar por los mesianismos. Nada se puede construir desde la falta de libertad, la opresión y el control del pensamiento. Por eso es necesaria Patria, como toda buena literatura: porque libera las mentes.

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