Deseo votar


Deseo votar. Claro que deseo votar. Si se habla de la estructura territorial de mi país, deseo votar. Si se habla del Estado de derecho que me cobija y me censura, deseo votar. Si se habla de mis fronteras, de mis leyes, de mis impuestos, de mi financiación autonómica, deseo votar. Y si el voto me dejara ir más allá de un simple sí o no, diría que quiero otro Estado, otra redefinición territorial. Una España que podría ser muchas cosas, pero nunca un portaviones cargado de Estados libres asociados, de esos que te desean porque eres su única pista, la que les da acceso a la Unión Europea, la que les provee de combustible y les alimenta su logística. Sería mucho más simple, reclamaría un país cargado de contrapoderes. Reclamaría municipios poderosos en población, extensión y presupuesto. Reclamaría autonomías obligadas a dialogar con la Administración central. Buscaría un Estado que si desease asfixiarme no pudiera, que no fuera capaz de convertirme en mayoría silenciosa. No deseo pasar miedo por no comulgar ante la verdad oficial. No quiero despertar y descubrir que los jueces tienen más miedo que yo. No quiero salir a la calle, y observar que la policía pasó de judicial a política, ir al colegio y encontrar que el profesor desea que mi hijo sienta vergüenza de mí. Vergüenza. De su padre, vergüenza. Y al verlo, he de sonreír, con la humildad que el republicano mostraba ante el orgulloso maestro falangista. Gracias, maestro, por enseñarle a él tan fantásticas mentiras y a mí dejarme vivir. Fascismo. Neofascismo. Posverdad. 

Deseo votar para gritar que quiero un país cargado de orillas a las que poder cambiarme cuando en la mía me golpeen. A pesar de que existe un modelo de Galicia nación que podría enteramente complacerme, desear ser hijo de una sola patria, he de decir que tanto quiero al aire fresco, que renuncio a ser solo gallego por ser también español. Lo hago por cautela, por salvaguarda, por racionalidad y -¿por qué no decirlo también?- porque me siento feliz con el bienestar de los asturianos, de los leoneses, de los andaluces, de los catalanes, y tanta empatía algo ha de significar. Tanto ha de significar que digo «mi país» y no me ruborizo, aun a sabiendas de que no es ni mío ni suyo, es un largo proceso de construcción colectiva sustentado sobre el Estado de derecho. Eliminen este basamento y cuarenta años de libertades caerán como un castillo de naipes. Por eso, también quiero votar. Por eso, digo sí, deseo para Cataluña un referendo ordenado y en maridaje con la ley. Pero no volaré a Barcelona a emitir una papeleta en un colegio electoral de la Gran Vía de las Cortes Catalanas, eso no lo deseo. En la parroquia de Brexo, Cambre, donde vivo, ahí quiero votar, y que usted lo haga en su casa, cada español en la suya. Y mientras esto no ocurre, por favor, no me toquen mi Estado de derecho, es mi única ventana y deseo tenerla siempre abierta.

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