Un drama: dos viejos países supersticiosos apostándolo todo, también lo que no tienen, al trece. Sinrazón y desastre en Cataluña. Hace tiempo que vamos cuesta abajo, sin frenos, y con los ojos tapados. El final ya lo hemos ido escribiendo en tantos capítulos de este vodevil titulado Y yo más. Da la sensación de que nadie sepa cómo termina Al final de la escapada. Necesitamos más palabras y menos amenazas. Esto ya es una inflación intolerable de hechos consumados que nos van a consumir a todos. Unos pocos no pueden imponerse a muchos, pero tampoco parece un vicio absurdo que los contemos con todas las garantías. O llegamos a un punto de encuentro o lo único que vamos a contar son desgracias. A España le queda un telediario, está dicho. Pero es que la Cataluña independentista no existe. Los sueños no se hacen realidad con proclamas. Tampoco con versos. Aunque nos empeñemos unos y otros en cumplir lo que escribió el poeta Jaime Gil de Biedma: «De todas las historias de la Historia la más triste sin duda es la de España porque termina mal». Dan ganas de refugiarse en otras letras del vate ante esta galerna de legalidades e ilegalidades, en su De vita beata, por ejemplo: «En un viejo país ineficiente, algo así como España entre dos guerras civiles, en un pueblo junto al mar, poseer una casa y poca hacienda y memoria ninguna. No leer, no sufrir, no escribir, no pagar cuentas, y vivir como un noble arruinado entre las ruinas de mi inteligencia». Es tal el hartazgo que solo nos queda el fango de una inmensa tristeza. Está al mando el enardecimiento, no el entendimiento. Todos quieren subir la montaña para clavar su lanza, como en la canción de Ángel Stanich ¿Será mañana el juicio final? Fascinados de sí mismos, llevamos el camino horrible de no recordar el olor del pan caliente. Cuando se cargan de agua las nubes, termina por llover. Cosecharemos daño. Hemos cruzado el punto de no retorno.
La Cataluña independentista no existe. Los sueños no se hacen realidad con proclamas. Tampoco con versos.