La risa de Isaac


La mujer del dictador sentía una desbordante pasión por las joyas. Les pasa a muchos tiranos, ese apego por el coleccionismo estrafalario, desde los 1.300 pares de zapatos de Imelda Marcos a las cabezas humanas en el congelador de Idi Amin. A Carmen Polo le ponían las alhajas y las joyerías de la Gran Vía. Cuando las visitaba, un emisario revisaba la ruta un rato antes para recomendar a los comerciantes que fueran generosos. Todo muy voluntario. Algunos reunían el coraje suficiente para cerrar la tienda antes de que llegara la señora y evitar así la ruina y la indignación. Una cerradura podía ser un acto de rebelión política con consecuencias imprevisibles.

Se ve que los Franco disponían así de las cosas. Era todo muy voluntario porque llegaban a los sitios y a todo el mundo se le despeñaban las ganas de regalarles cosas. Pasó el 30 de agosto de 1961 durante una exposición de arte románico en el pazo de Xelmírez. Las joyas de la muestra eran dos esculturas del pórtico de la Gloria, Isaac y Abraham, esculpidas por el Mestre Mateo y para entonces propiedad de la ciudad de Compostela. A doña Carmen le debió de asaltar el mismo instinto y a los comisarios de la muestra el mismo ímpetu que a los joyeros de la Gran Vía: las tallas acabaron en casa del déspota, cuya familia sigue custodiando hoy el expolio. Todo muy voluntario.

Según el Génesis, Isaac era el hijo de Abraham. Lo concibió Sara a una edad improbable para gestar: 90 años. Cuando se le reveló la noticia, Sara improvisó una risa incrédula, esa carcajada con la que impugnamos las chorradas. Eso significa Isaac: ‘risa’. Lo que llevan haciendo los Franco desde 1975 cada vez que se encuentran las estatuas de Mateo en el salón: reírse de lo gallegos.

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