Desconcierto moral


Las personas formulan sus juicios de forma intuitiva, automática y emocional. Por eso, cuando se les pregunta por las razones de su juicio a menudo son incapaces de encontrarlas. O, lo que es peor, hay una manifiesta incoherencia entre la decisión formulada y lo realmente ejecutado. Ya lo decía el dicho latino, «veo lo mejor y lo apruebo, pero sigo lo peor», o la manida frase de san Pablo, «no hago el bien que quiero, sino que obro el mal que no quiero». Probablemente el error haya estado en que durante siglos nos hemos preocupado (y ocupado) de cultivar las ideas pero no las emociones.

Todo esto viene a cuento porque el otro día me encontré en la calle a una amiga quien, tras los saludos de rigor, compartió su gran preocupación: «Mi padre se está muriendo, y tiene miedo a morir». Estamos hablando de un hombre bueno, creyente, que pasa de los 90, que ha tenido una vida buena y que está rodeado del amor de los suyos. Que se sabe la doctrina y, sin embargo… ¡tiene miedo a morir! Desde ese día no he parado de darle vueltas al asunto, que, por cierto, no es algo anecdótico sino que se da con frecuencia. No se me ocurre otra respuesta que la basada en lo anterior: hemos educado la cabeza pero no el corazón. Y, además, hemos hablado demasiado del purgatorio y del infierno, y muy poco de un Dios que es Amor, que es Padre, que quiere lo mejor para todas y cada una de sus criaturas. Ojalá el padre de mi amiga tenga una muerte en paz.

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