Derecho a decidir


Me pregunto qué fue antes, la frivolidad o la estupidez. Es como el enigma del huevo y la gallina, y por más vueltas que le doy no consigo atisbar una salida en este laberinto. Mi cerebro hierve con el mantra buenista, tan políticamente correcto, que llena la boca de la progresía con un sintagma frívolo y estúpido al mismo tiempo: derecho a decidir. Y después de esto sueltan que lo democrático es votar. Aunque salte la ley por los aires, para qué demonios la queremos. Derecho a decidir, repiten. ¿Y mi derecho a decidir, no cuenta? Porque yo, y usted, que hemos sufragado con nuestros impuestos el AVE catalán y las Olimpiadas de 1992 también tendremos derecho a votar que se vayan o no se vayan (suponiendo que la ley nos importe un bledo). Pues no, que el derecho solo lo tienen ellos. Yo abogo en este artículo por el derecho a decidir ser un memo. O sea, un necio. Y si se me fuese la razón completamente abogaría por otros derechos a decidir mucho más viscerales por los que cortarían mis manos, y mi cabeza, y las expondrían en el foro de las redes sociales (como hicieron con Cicerón en tiempos). Es que no se puede ser más banal. O sea, más ligeros, con la cosa esa. Imaginen que alguien iniciase una campaña por el derecho a decidir expulsar de Compostela a los que no hayan leído a Rosalía de Castro (¡no des ideas!). O imaginen el derecho a decidir que aquello que dijo la concejala Rita Maestre, de Podemos, se llevase a efecto: «Arderéis como en (…)». Demonios, ¿qué votarían los progres?

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