Rajoy, «más chulo que un ocho»

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Déjenme adivinar las notas que pergeñó Rajoy para afrontar su comparecencia de ayer sobre la corrupción del PP. Una: quitarle enjundia al asunto. Dos: eludir palabras procaces, desmarcarse de la contabilidad y dar la callada por respuesta. Tres: denunciar la utilización torticera del Congreso. Cuatro: uso puntual del «y tú también» como arma de ataque. Cinco: el Gran Órdago. Creo que el presidente «bajo sospecha» se atuvo estrictamente a ese guion.

Primera. No se atrevió el presidente a calificar de baladí e intrascendente el asunto en cuestión. No estaría bien visto. Lo hizo, pues, indirectamente, con la enumeración de los tres asuntos que roban el sueño a los españoles y desvelan a su Gobierno: el terrorismo yihadista, el desafío catalán y la consolidación de la recuperación. Las tramas de corrupción no forman parte de la santísima trinidad: son asunto laico y de categoría menor.

Segunda. En ningún momento pronunció el presidente palabras malditas como Gürtel o Bárcenas. Lo que no se nombra no existe. Y lo que existe no lo sabía, porque «jamás» se ha ocupado de la contabilidad de su partido. Lo suyo son las estrategias políticas, no la prosaica intendencia. Confiemos al menos en que disponga de minutos para ocuparse de la contabilidad de los españoles y no quede esta, exclusivamente, en manos de los tesoreros del Gobierno.

Tercera. Rajoy pasa al ataque. Denuncia el «celo inquisitorial» de la oposición y la utilización espuria del Congreso. ¿Dónde se ha visto -¡caso «insólito»!- un Parlamento que, en vez de controlar al Gobierno como ordena la Constitución, se dedique a fiscalizar al partido que lo sustenta? ¿Aún no se han enterado sus señorías de que Rajoy-Génova y Rajoy-Moncloa son personas distintas y tal vez de éticas o morales contrapuestas?

Cuarta. Antes imperaba el «tú más». Como ya no cuela, el presidente ha optado por el más ponderado «y tú también». Traducido: en todas las casas se cuecen habas. Venezuela e Irán, en los fogones de Unidos Podemos. Lasa y Zabala, y la cal viva, en la barriada socialista. Las tropelías de los Pujol y el 3 %, en las cocinas donde se prepara el estofado catalán. Las manchas de los demás nunca fueron detergente para lavar las propias, pero le sirven a Rajoy para enseñar los dientes y no pasarse 35 minutos a la defensiva.

Quinta. Todo discurso debe rematar al son de la trompeta y con redoble de tambores. La peroratio de los retóricos clásicos. El momento elegido por Rajoy para lanzar su órdago: si quieren mi cabeza, presenten una nueva moción de censura. Genial desplante del torero que, tras arrojar la muleta y el estoque a la arena, saca pecho ante los miuras de la oposición. Joan Tardá lo definió como acto de chulería: «Usted es más chulo que un ocho y se irá de aquí y se fumará un puro». Inefable. Un independentista catalán que utiliza con propiedad el más castizo de los dichos madrileños. Y tal vez acierta: no cuesta identificar al presidente entre aquellos chulapos que atiborraban el tranvía número ocho con destino a la verbena madrileña de san Isidro.

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