Trece preguntas para la España de hoy


¿Tiene lógica que España aprecie más urgencia y legitimidad para intervenir en Venezuela y sancionar a Maduro que para hacerlo en Cataluña y sancionar a Puigdemont? ¿Por qué preservar la Constitución de Venezuela es para Madrid más importante que preservar la nuestra? ¿Tiene sentido que estemos agobiados por la deposición del alcalde de Caracas cuando no hemos movido ni un músculo en favor del director de los Mossos d’Esquadra que fue cesado por ser constitucionalista? 

¿Es posible que la Fiscalía del Estado, que investigó las nevadas de enero para establecer su posible relación con la subida de la electricidad, se ponga a investigar el cierre de la central nuclear de Garoña con igual agudeza, finalidad y demagogia? Si Susana Díaz no sabe nada de protocolo, porque vistió el mismo color que la reina, ¿es posible que el hombre más protocolario de España sea Picornell, presidente del Parlamento balear, que para distinguirse del rey fue a Marivent sin corbata, en zapatillas y vestido de palmero de los Chunguitos? ¿A quién se debe este bochorno, a la incultura y zafiedad de Picornell o a una tolerancia mal entendida de la Casa Real?

Si la Agencia Europea del Medicamento deja Londres por el brexit, ¿tiene sentido que nuestro Gobierno proponga como alternativa una ciudad que está empeñada en salir de la UE, y que ya tiene garantizados dos decenios de conflicto territorial con el Estado y con Europa? ¿Se busca premiar a los revoltosos, como es habitual, o se pretende que la Agencia sea la tirita que logre suturar la enorme herida abierta entre Cataluña y España? ¿Se van a seguir hipotecando al capricho catalán los enlaces ferroviarios de España y Portugal con la UE, o se van a mantener abiertas las alternativas de Aragón e Irún? ¿Vamos a correr el riesgo de que el 60 % de nuestro comercio comunitario tenga que hacerse a través de un territorio extracomunitario?

¿Existe alguna relación entre el desmesurado transfuguismo de Neymar y la posibilidad de que el Barcelona C. F. quede en un limbo liguero imposible de gestionar? ¿Se puede evitar que personas, empresas y clubes busquen seguridad cuando la alternativa se mueve entre un cataclismo rotundo y una crisis de lealtad y legalidad enloquecida e interminable?

Cuando los manifestantes de Cataluña se crucen en la Diagonal, como en Venezuela, ¿protegerán los Mossos a los independentistas y la Guardia Civil a los unionistas, o van a colaborar ambas fuerzas con una ciudadanía libre? ¿Fue un acierto retirar las fuerzas del Estado a capricho de los independentistas, o es necesario rectificar este vacío de Estado en los dos territorios autónomos que sus instituciones arrastran al conflicto?

Las respuestas a estas preguntas no son obvias, y lo más cómodo sería no hacerlas. Pero ya lo dijo Sófocles: «Ninguna pregunta sin hacer puede ser bien respondida».

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