Los pobres son los que siempre guardan cola y por eso salen en las fotos. No pueden escaparse. Ahí están, atrapados, todos los meses, a todas horas, en la interminable hilera de la oficina del Inem, que da la vuelta a la manzana, o en los comedores benéficos y en los repartos de ayuda. Es una fila silenciosa y ordenada, como si se hubiera ensayado en un bajo del barrio el día anterior. En realidad, se trata de algo espontáneo porque los pobres tendrán pocas cosas, pero les sobra educación. Hay una cola para combatir el hambre y cubrir necesidades, pero también existe otra para la esperanza, que es la cola de la lotera. Por eso me gusta. Me recuerda a los muelles de los puertos cuando se emigraba en barco, en busca del sueño americano, o a los andenes, cargados de pasajeros con sus maletas y que andan a empujones en busca de un hueco en el vagón. Todos los lunes, por la mañana temprano, yo hago mi cola en la lotera. Desde hace tiempo me fijo siempre en la fila. Está la abuela, que abre su monedero con parsimonia, y que adora a sus nietos. Tal vez tenga en casa a una hija o un hijo en paro, pero no lo sé; está el repartidor, que quizás adeuda alguna factura. Y está siempre la misma pareja de jóvenes, a ver si toca un pellizco para pagar la boda que estaba prevista en agosto del 2018. Por supuesto, también estoy yo, que me creo muy listo y muy de clase media. Pero a lo mejor ellos, con los que coincido cada lunes, piensan otra cosa y creen que soy un parado de larga duración.