A Pedro Sánchez, con el mejor deseo


Pues miren ustedes: lo mismo Pedro Sánchez tiene suerte, sus mayores dejan de acosarle, él se encuentra cómodo en eso que él llama «oposición de Estado», pacta con Rajoy los asuntos trascendentales, deja las cuestiones administrativas para la escaramuza diaria, le quita un millón de votos a Podemos y resulta un triunfador de la legislatura. Con que deje de obtener «los peores resultados de la historia», ya habrá sido un buen secretario general, sobre todo si se le compara con el socialismo europeo, que va de desastre en desastre hasta el desastre final.

 Para preparar tan dulce terreno, antesala del Gobierno, quizá debiera seguir tres reglas de oro. La primera, no tener prisa. Las primeras interpretaciones de su discurso dieron la imagen de un hombre que hará lo imposible por derrocar a Rajoy, mejor hoy que mañana, aunque sea aliándose con el diablo. Eso no es bueno. El elector premia a quien muestra voluntad de servir al país, no su propia promoción personal, por muy justificada políticamente que esté. Y ese mismo elector, si cree que hay que castigar y echar a un gobernante, quiere hacerlo él mismo con su voto, no a través de alianzas forzadas o de mayorías artificiales.

La segunda, relacionarse inteligentemente con el jefe del Gobierno. Eso ayuda a hacerlo a él mismo presidenciable. Si Pedro Sánchez consigue ser el hombre a quien la Moncloa convoca cuando hay que apagar algún fuego, no cabe duda de que empezará a ser el hombre de Estado que en su anterior mandato no ha logrado ser. Es perfectamente compatible ser el máximo representante del «no es no» y el hombre necesario, por ejemplo, para garantizar la unidad de España. Se puede mantener una oposición agresiva en cuestiones sociales, al tiempo que se autoriza el límite de gasto para que el Estado funcione y responda a las exigencias de Bruselas.

Y la tercera, que proponga cuestiones que la ciudadanía reclama. No veo yo un clamor por la plurinacionalidad. No contemplo que sea el arma secreta para calmar al independentismo catalán. No consigo que aporte gran diferencia práctica respecto de las autonomías. Ningún portavoz del partido, ni siquiera su vicesecretaria general, es capaz de decir cuántas naciones saldrían de ese nuevo concepto. Si se trata de dar satisfacción al PSC, está bien a efectos internos; pero, dada esa satisfacción, no hace falta pregonarlo cada día a quienes están pensando en qué comen al día siguiente.

Y la propina de otro pequeño consejo al reluciente líder: fíese del CIS y siga el ejemplo de su adversario Rajoy. Dicho en plata: no provoque un adelanto de elecciones hasta que tenga alguna posibilidad de ganar. Por lo menos, de mejorar. No le regale el poder a quien quiere combatir.

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