«Sicut erat in principio»

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Consumada la algarada retórica de la moción de censura, cuya consecuencia más visible fue el regreso del filibusterismo rancio y demodé a la carrera de San Jerónimo -hacer un discurso de dos horas para que el show televisivo de Iglesias no empezase sin televidentes es puro filibusterismo-, los astros de la nueva política han decidido progresar hacia atrás y volver a situar la política en febrero del año pasado, cuando la única obsesión de los diputados de la leal y variopinta oposición era sumar peras con naranjas, papaya e higos chumbos, para llegar al sacrosanto número 176 y desterrar del poder a Mariano Rajoy, cuyo único mérito -por lo que se ve, irrelevante- es el haber ganado con claridad, aunque no siempre con suficiencia, las tres últimas elecciones generales.

Y ahí estamos otra vez, empeñados en sumar a Iglesias con Rivera, a Sánchez con Bildu, a los independentistas con los comunistas, a las mareas y confluencias con el rancio monolitismo de ERC. Y todo para que el gran visir don Pedro, recién resucitado, insista en la infantil obsesión, genialmente descrita por Goscinny en el cómic del gran visir Iznoguz, cuyo plan de vida y programa de gobierno se resumían en su célebre perrencha por «ser califa en lugar del califa». Por eso he titulado este artículo con esa jaculatoria que antes repetía de memoria -¡y en latín!- todo el orbe cristiano, mediante la cual nos recordábamos -¡qué tiempos aquellos!- que la vida es un ciclo de final sencillo y evidente que todos tenemos que cumplir e interpretar dentro del círculo áureo de este universo inabarcable que fue creado -o bigbaneado- para mayor gloria de Dios. Una jaculatoria cuya completa rotundidad dice así: sicut erat in principio, et nunc, et semper, et in saecula saeculorum, amén.

Ni gobernar, ni reformar, ni consensuar, ni arreglar, ni ordenar, ni resolver, ni preocuparse de las cosas de la vida que tanto se parece a «los ríos que van a dar a la mar». Lo que importa es sumar peones para que el gran visir sustituya al califa, sin parar mientes en que -sicut erat in principio- las peras no suman con las manzanas, ni el mango con las uvas pasas. Y la razón por la que estamos así, obsesionados por bloquear, censurar, derribar o inhabilitar al PP, es que Pedro Sánchez, movido por su ambición de llegar a la Moncloa antes de que se le vuelva a ver el plumero, ha renunciado a que el PSOE gane las elecciones y se distancie claramente del abrevadero de Podemos y sus confluencias. El PSOE ya no se cree capaz de derrotar al PP. Y por eso no puede prescindir de las catapultas de asalto que fabrica y maneja -con material contaminante- Pablo Iglesias. Solo así se puede explicar -in principio, et nunc, et semper- la indeclinable necesidad que tenemos de Rajoy. Porque, nos guste o no, es el único que puede tener cuenta del recado.

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