Pretrauma


Voy siempre a las fiestas de graduación de las promociones a las que he dado clase. Hace bastantes años iba incluso a la cena que solía acompañarlas, pero eso dejé de hacerlo: quiero mucho a mis alumnos y prefiero recordarlos como en clase. Tampoco me gusta mucho el acto más o menos formal, más o menos académico, pero asisto e intento poner buena cara. Me ilusiona, por ejemplo, conocer a sus padres y comprobar cuánto se parecen o qué poco a los hijos o hijas. Y divertirme con las caras que afloran según qué conversaciones imprevistas. Me gusta casi todo, salvo el acto en sí: lógicamente previsible, demasiado igual al del año anterior, con bromas similares que solo algunos entienden y con pareja cicatería a la hora de los agradecimientos para no parecer blandos, pelotilleros o, simplemente, porque no se les ocurre.

Estos últimos años también comparece lo que Pereira Coutinho atribuye a la generación Y: estrés pretraumático. Antes del naufragio (imaginario), ya hay ahogados (reales). Los oradores auguran males tan grandes que casi convierten en irónica o falsa la propia celebración, de modo que, a medida que avanza, parece cada vez más el final del recreo, hasta que invade el ambiente una sensación, no de nostalgia anticipada, sino de trauma. Como si los fueran a desconectar, a todos y de repente, de la red, de sus mundos virtuales, y se les amenazara con la realidad inmediata. La del terrible mundo laboral. O incluso con una pesadilla peor y más probable: la completa desesperanza profesional, el paro.

Tal vez se trata solo de una pose. Seguro que son más agradecidos, valientes y animosos de lo que parecen en esos actos. Pero si no, algo estamos enseñándoles mal.

@pacosanchez

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