Si yo fuera Amancio Ortega...


No podía ser de otra manera. Ayer, en el debate político más importante de los llevados a cabo en los últimos meses -todos los líderes juegan a ser presidentes del Gobierno, tengan aptitudes para este oficio o no las tengan- apareció el nombre de Amancio Ortega, al que los responsables de Podemos acusan de hacer filantropía barata con la donación de 320 millones para la compra e instalación en hospitales públicos de aparatos imprescindibles en la lucha contra el cáncer. Increíble -pero cierto- porque tal crítica es un desprecio a la vida de los enfermos. 

Antes de tomar cualquier decisión, la Fundación Amancio Ortega preguntó y las contestaciones de todas las autonomías tenían un nexo en común: los equipos médicos dedicados al diagnóstico y tratamiento de la enfermedad están obsoletos. Algunos muy obsoletos. Claro que eso no lo supimos hasta ahora. Como tampoco supimos hasta ahora que la culpa de esa situación la tenía un empresario que a los 80 años sigue yendo a trabajar todos los días a Arteixo. Por supuesto, nada hay que decirle a la clase política inepta para la resolución de los problemas reales. Con su clásica habilidad, parte de la clase que quiere acariciar el poder no ha dudado en menospreciar una donación que permitirá reducir el tratamiento del cáncer de mama de seis a tres semanas y del de próstata, de ocho a cuatro, y en el caso de un tumor cerebral, las sesiones serán de veinte minutos en lugar de tres horas.

¿Quizás las críticas se hagan para ganar puntos y salir en los medios de comunicación con el objetivo de ganar protagonismo? Si es así, parece que alguien no ha entendido algo: en este país nadie tiene derecho a preguntarle a su vecino en qué, cómo y cuándo se gasta el dinero. Porque lo gasta en lo que quiere, cuando quiere y como quiere. Con una excepción: cuando el vecino es un líder político y el dinero que (mal)gasta es el de todos los ciudadanos.

Acusaron ayer a Amancio Ortega de no pagar impuestos. Pero cada año Inditex se pone a la cola en las Haciendas de todos los países en los que opera y desembolsa 5.600 millones. 1.616 se recaudan en España. A esa cantidad hay que añadir la tributación personal del empresario y la que realiza a través de Pontegadea, su otro brazo inversor.

Llegados a este punto cabe preguntarse: ¿qué piensa Amancio Ortega? No dijo nada públicamente; quizá sí en privado. Pero si yo fuera él y quisiera mantenerme en una posición discreta, es muy probable que mandase a paseo a propios y extraños -eso sí, educadamente- y me plantease no volver a donar ni un solo euro. Él, seguramente, no lo hará. Entenderá también que estas críticas no son una cuestión de ideología política. Ni de izquierdas, ni de derechas, porque el cáncer torpedea a ricos y pobres, jóvenes y viejos, sabios y torpes, responsables y sus contrarios, rubios y morenos.

El cáncer mata a 301 personas en España cada día. Algo habrá que hacer, además de respaldar a los que ponen la primera piedra.

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