¿Confiar? ¿En quién?


El título de esta columna viene a cuento del Banco Popular, que ha dejado de cotizar en Bolsa. Lo han comprado por un euro. Si usted es uno de los 300.000 accionistas del banco se sentirá estafado, aun a sabiendas de que un inversor en Bolsa es el último responsable de sus inversiones, gane o pierda. En este caso, a usted le asiste la razón. Y no porque lo diga yo, sino porque lo han dicho los que aparecían en La Voz, que es la verdad con la que nos levantamos cada mañana. El 7 de diciembre del pasado año, por ejemplo, el ministro De Guindos afirmaba en nuestro periódico: «Todos los reguladores, ya sean españoles o europeos, me dicen que ninguna entidad de nuestro país les preocupa». El mismo ministro, hace menos de dos meses, también afirmaba que el Popular no tenía «problemas de solvencia ni de liquidez». Sigo. El 11 de mayo, en una comunicación a la Comisión Nacional del Mercado de Valores, el Banco Popular aseguraba que no existía riesgo de quiebra y que no se había encargado su venta urgente. También recalcaba que, al cierre del trimestre, el patrimonio propio era de 10.777 millones y la ratio de capital estaba «por encima de las exigencias regulatorias», mientras que el Banco Central Europeo ratificaba que el Popular había cumplido todos los test de estrés bancario (y tenía razón el BCE, porque si el Popular fuese un negocio ruinoso ¿por qué subió ayer el Banco Santander un 5,24 % después de comprarlo?). Con estos precedentes, cómo no va a sentirse estafado el accionista. Lo han engañado y, por un euro, han volatilizado su dinero. Ahora quedan los tribunales. Aunque yo, que ya creo en pocas cosas y en poca gente, me sigo haciendo las dos preguntas del título.

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