Salir de la cueva


Lo peor de Fátima no es que se hubiera manipulado a unos niños, donde tal vez hubiera tenido que intervenir la fiscalía de menores, si eso existiera en el Portugal profundo de hace un siglo. Lo peor es lo que se ha construido encima de aquello: una inmensa explanada y un templo que no es, desde luego, Notre Dame de París y sirve para rezar y dar al César.

Los primeros días de cada mes de mayo, durante los cuatro años que yo viví en el país vecino, uno se comenzaba a encontrar gente caminando por los bordes de las carreteras, a distancias asombrosamente lejanas, en dirección al templo del milagro. Algunos caminaban de maneras que hacían más sacrificada la marcha, y, acercándose ya a su destino, muchos de rodillas. Y todo era para pagar o pedir cosas, pensando que el dolor es moneda de cambio y que puesto que la virgen conforta a los que sufren, pellizquémonos para que nos ayude.

Los grandes centros religiosos -yo apenas conozco Fátima y Guadalupe- han devenido también en grandes centros de comercio, donde se compran el agua bendita, los rosarios y las figuritas fosforescentes, y hasta -en Roma- no sé qué certificados de bendiciones papales o indulgencias.

 Los papas, yo creo que a regañadientes, visitan siempre esos grandes centros de la fe del carbonero durante sus mandatos. Pero yo creo que Fátima le hace flaco servicio a la religión católica, como poco le hace la Semana Santa de Sevilla.

Y creo también que el santo de Asís, por ejemplo, escribiría una carta a este periódico dándome la razón.

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