Cadena perpetua


Aprincipios de octubre del 2016, a instancias del PNV, el Parlamento aprobó una proposición no de ley que emplazaba al Gobierno a derogar la cadena perpetua revisable. El PP votó en contra y Ciudadanos se abstuvo. El resto de grupos votaron a favor. El Gobierno había incluido, durante su legislatura con mayoría absoluta, una reforma en el Código Penal que incluía esta pena. A muchos nos parecía sensato. A otros, no. Imagino que los mismos que no desean instaurar la cadena perpetua revisable se estarán preguntando estos días qué hacer con el asesino de Oza-Cesuras, que mató a su hijo golpeándolo con una pala. Qué se hace con los que matan niños, violan y matan, o matan por celos para demostrar que son muy machos. Qué se hace con los que siembran dolor en una familia o un país. Algunos entran en la cárcel y a los pocos años se encuentran de frente con las familias de sus víctimas. Antes pasaron unos años a la sombra, por si el sol les molestase, con tres comidas diarias (o cuatro, si hay merienda) y calefacción en invierno. A los católicos se nos enseña el amor y el perdón como señuelos fundamentales en nuestras vidas. Pero también a preservar los derechos y la libertad, a no consentir que los malignos se apoderen del presente. Combatirlos y apartarlos. No queda otro remedio. Yo no creo que un hombre que mata a su hijo con una pala pueda reinsertarse. Y lo mismo considero con otros casos paralelos. Los que votan en contra de la cadena perpetua (¡revisable!) deberían reflexionarlo.

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