Cuento con moraleja


La niña, una preciosa criatura de cuatro años, le entregó el cuento a su abuelo y le pidió que se lo leyera. Él lo abrió y con entonación dramática comenzó el relato. La historia es clásica y muy conocida. Mamá cabra tenía que hacer la compra, por lo que necesitaba dejar solos en casa a sus siete cabritillos. Antes de salir, les advirtió de los peligros: «No abráis a nadie, pues puede venir el lobo».

El más pequeño le preguntó cómo podrían saber si quien llamaba era el lobo. Ella les explicó que los signos reveladores serían la ronca voz del cánido y el color marrón de sus extremidades. Poco después, alguien llamó.

-¿Quién es? -preguntaron los cabritillos.

-Abridme, soy mamá -respondió una voz grave y áspera.

-No trates de engañarnos, tú eres el lobo.

La fiera se alejó furiosa, pero no tardó en idear una treta para engañar a los inocentes cabritos. Robó unos huevos en un gallinero y se aclaró la voz. Esta vez pronunció con voz dulce el «Soy yo, mamá, abridme». Pero los cabroncetes dudaron, por lo que le pidieron que les mostrase la pata por debajo de la puerta. «Vaya susto se llevaron -leyó el abuelo- al ver asomarse una pezuña».

El lector pegó un respingo. Si lo que asomó fue una pezuña, tenía que tratarse de la mamá, pues la pezuña es cosa de artiodáctilos, como las cabras. Los lobos tienen garras. ¿Qué era lo que había tras la puerta? Lo que sigue de la historia permite saber que era el lobo, al que se le atribuían pies caprinos. Utilizar ese vocabulario equívoco es como llamar cabrada a lo que en los lobos es manada y balidos a sus aullidos. Y esa no es forma de educar las mentes más tiernas.

El malestar le dificultó al abuelo completar la historia. Sepan que el lobo logró en algún momento engañar a sus víctimas y se las zampó enteras. Gracias a esa forma de dar cuenta de ellas, mamá cabra pudo recuperarlas con vida cuando más tarde sorprendió al depredador dormido y le abrió la barriga.

Por una vez, los personajes caprinos, siempre víctimas desde la fábula de la zorra y el cabrón, de Esopo, salían airosos de una aventura.

Una moraleja: hay que cuidar los textos con los que se introduce a los niños en la literatura. Y una reflexión: ¿por qué nunca sale en estas historias el papá de los cabritos? ¿Será porque es un aumentativo que hemos convertido en malsonante?

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