¿Qué más tiene que suceder en suelo sirio para que el horror muera, para que el desgarro desaparezca, para que la barbarie termine? ¿Qué ha cambiado para que la muerte de treinta niños frente a los miles y miles de muertos en estos años haga reaccionar a Estados Unidos unilateralmente? El uso de armas químicas está prohibido y demasiadas convenciones lo han limitado y prohibido desde los años sesenta. Pero ahí están. Se fabrican, se venden, el negocio no se detiene.
Tras años de consentir y permitir que el dictador y asesino Al Asad haga y deshaga a su antojo, bajo el padrinazgo de algunos actores internacionales, parece que el llamado mal necesario ya no lo es tanto para la nueva Administración de Trump. Su política cambiante en este caso ha sido precisa para ordenar un ataque a la base aérea desde la que partieron los bombardeos que generaron la muerte por gas químico de aproximadamente una centena de civiles.
En Siria no ha habido piedad, solo sangre, ira, odio, destrucción y brutalidad. El resto, silencio, dejar hacer. Ni corredores humanitarios ni ánimos de frenar una locura en la que el mundo ha asistido como cínico espectador desde su butaca de intereses y mezquindades. Ni un solo hospital queda en pie. Ni una ciudad ni un barrio ajeno a las bombas, la metralla, el escombro moral de un pueblo que se ha autodestruido. Antes fueron Sarajevo y Nagorno Karabaj, pero también Stalingrado, Coventry, Dresde, Leipzig, Berlín y tantas ciudades destruidas milímetro a milímetro en una paranoia de muerte y terror perfectamente calculada.
En Siria presenciamos una guerra total, entre un megalómano dictador, rebeldes contra el régimen que han sido dejados de lado, y fanáticos yihadistas que libran su guerra particular. Y luego, los actores exteriores: el suelo sirio es escenario de una confrontación que trasciende sus fronteras.
No nos conmovió tanto esta última intervención de Estados Unidos como la muerte en Turquía de Aylán, nuestro pequeño Aylán, donde la hipocresía fue tan vergonzosa como el no hacer nada. Con él han muerto cientos, miles de niños en una locura y terror sin límites. Represión, muerte y tortura. Locura en estado puro. Un tirano y una minoría radicalizada que se aferran al poder, masacrando a su propio pueblo. Un pueblo fracturado en el que se colaron salafistas, muyahidines yihadistas, facciones escindidas de Al Qaida como el Frente Al Nusra y el Nuevo Frente Al Nusra, y hoy roto en tres frentes antagónicos: el que apoya al tirano, el que quiere invertir el paso de su propia historia y el EI. Suníes frente a chiíes alauíes, salafistas y califales en guerra total. Contradicciones étnicas y diversidades culturales dentro de un ensamblaje islámico que maquilla un Estado de falsa democracia y amoralidad infinita.
?¿Cuántos muertos más hacen falta para parar esta deriva feroz?