Cuando se hace algo que trasciende, que excede del ámbito de la privacidad, se expone uno a los comentarios de terceros. Y utilizo esa expresión, la de exposición, en el doble sentido de mostrarse y de, al mismo tiempo, arriesgarse. Cualquier opinión, comentario o análisis, así como cualquier acción o actividad que se realiza de cara al público, recibe la valoración de este. Y si la misma es correcta o respetuosa puede ser constructiva y hasta edificante porque quizá sirva incluso como reflexión y revisión de las ideas y convicciones propias.
El problema es cuando dichas opiniones se vierten de manera grotesca y hasta burda, sin ninguna otra intención más que molestar, mostrar desagrado que no disconformidad y, si se tercia, insultar, injuriar o calumniar, además de manera harto gratuita. Y lo que es peor, muchas veces anónima. Y amparada en ese ocultismo, la gente se viene arriba, saca todo lo peor que lleva dentro y agrede, aunque sea verbalmente, si bien no deja de ser una agresión. Y esta moda, la de los denominados haters -la traducción literal sería odiadores- tiene un efecto llamada que la hace multiplicadora y responde, posiblemente, a una vida interior con muchas carencias, sobre todo afectivas, por parte de quienes la ejercen, quienes se instalan en ella, de forma habitual, sin ton ni son.
Porque además, da igual que aquello susceptible de ataque sea la muerte de un famoso de la canción o del deporte, la creación de una ONG, o la presentación de un proyecto filantrópico, por poner variopintos ejemplos. El caso es herir pero sobre todo, verter todo el resentimiento que ese odiador lleva dentro. Contra quién o contra qué? Da igual.
Quien diseñó inicialmente las redes sociales estuvo brillante cuando puso un único botón, el de «me gusta». Pensaba en unos destinatarios amables, respetuosos. Los lovers o partidarios, quienes mostrarían su adhesión con aquello que les resultase satisfactorio y que ignorarían lo que no fuese de su agrado.
Pero no pensó en que se utilizarían en sitios y en sociedades donde el populismo se va acrecentando y en donde la gente necesita, no sabe uno muy bien por qué motivo, mostrar su furia y además dañar todo lo que pueda al destinatario, aun cuando ni lo conozca. Antes se decía que la crítica iba con el cargo. Otras veces con el sueldo. Lo cual tampoco era justificable.
Ahora ya ni eso, ahora se ha generalizado, va con la sociedad, sin distinciones, lo cual es ciertamente preocupante.