Supercherías


Siempre me ha fascinado comprobar cómo ciertos poderosos, a quienes uno supone rodeados de los asesores y gurús más caros del mercado, después de leer sus dosieres, análisis y predicciones, al final deciden despejar sus incertidumbres en la consulta de una bruja.

Uno de los casos más sonados fue el de Jordi Pujol, de quien descubrimos que el dinero no era lo único negro que manejaba. Su meiga de cámara, llamada Adelina, confesó en su día que le pasaba un huevo por la espalda:

-El huevo se ponía negro porque absorbía todas las malas energías que llevaba encima.

Adelina, según contó en su gira triunfal por los platós, no solo espantaba el mal de ojo, sino que le asesoraba sobre «asuntos familiares y de Gobierno». Y cuando hablamos de asuntos familiares del clan Pujol, no se trata de mirar dónde se celebra la primera comunión del nieto, sino de perfilar negocios de muchos ceros.

La costumbre de poner las grandes decisiones en manos de pitonisas, videntes, astrólogos, adivinos, echadoras de cartas o quirománticos no es nueva. Cuenta el escritor mexicano Juan Villoro que en los años treinta -sí, justo después del crac del 29-, Nueva York se convirtió en «la sede mundial de la superchería maya». Un tal Harold D. Emerson se cambió el nombre a Ahay Kan Mai Harold y se proclamó sumo sacerdote del culto maya. Abrió un templo en Brooklyn y empezó a editar el diario The Mayan, donde la sección estrella era una columna que aconsejaba cómo invertir en Bolsa basándose en las artes adivinatorias de los mayas. Lo inquietante, como subraya Villoro, es que «los informes no debían de ser tan disparatados, pues la secta esotérico-bursátil existió durante ocho años, bastantes más que muchas consultorías financieras».

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