La ignorancia como defensa


La ignorancia de cuanto acontece a tu alrededor está marcando tendencia. Desde que Cristina de Borbón se enganchó a la ignorancia deliberada, negándose a saber aquello que puede y debe, aunque beneficiándose de la situación, la cosa no ha dejado de ir a más. Ana Mato, Rosalía Iglesias y ayer mismo el presidente murciano, Pedro Antonio Sánchez, se amparan en el desconocimiento buscado para tratar de eludir las acusaciones de los tribunales.

Pedro Antonio Sánchez ha contado a sus señorías que él no llevaba la parte técnica de la obra del Auditorio de Puerto Lumbreras por la que se le acusa de fraude, prevaricación continuada, falsedad en documento y malversación. Él era un simple «impulsor político», que no manejaba información técnica del proyecto y que se limitaba a aprobar lo que los técnicos municipales le hacían llegar. O lo que es lo mismo; que él no ponía los ladrillos ni colocaba las ventanas y que se limitaba a avalar todo cuanto papel le ponían delante.

Si resulta mezquino que un cargo público eluda las responsabilidades propias de su cometido trasladándolas a sus técnicos, más lo es que alegue ignorancia de lo que ocurre en su entorno. A nadie, con un mínimo de sentido común, se le puede convencer de que se aprueban importantes cantidades durante tiempo sin saber lo que se hace. Y si es así, habrá que castigarlo por dejadez de funciones. Pero que nadie se sorprenda si la ignorancia deliberada vuelve a triunfar en un caso en el que sobrevuela la corrupción y el saqueo de lo público. Lo están legitimando los propios tribunales. Lo hizo el de Palma.

Decía La Rochefoucauld que hay tres clases de ignorancia: no saber lo que debiera saberse, saber mal lo que se sabe, y saber lo que no debiera saberse. Y pudiera ser que algunos supieron lo que no deberían haber sabido. Y pudiera ser que los tribunales se lo consientan.

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